Cuento de NavidaZ

De los zombis no podíamos esperar ninguna tregua por Navidad, porque de qué iban a saber ellos que era 25 de diciembre, o qué significado especial podía tener esa fecha. Sin embargo, quizás a causa del frío llevábamos varias semanas sin tener ningún ataque, así que decidimos organizar una expedición de reconocimiento, para ver cuál era la situación y para buscar víveres; quizás incluso alguna conserva especial para celebrar las fiestas.

Los elegidos para la expedición fuimos Alberto, nuestro mejor tirador; Nerea, que conocía el terreno, y yo, porque, bueno, porque siempre me metían en todos los grupos por algún motivo. Nuestro objetivo era un centro comercial situado a las afueras de Gernika; tenía cierto peligro, porque no era una zona que controlásemos, pero no tanto como meternos en una ciudad en la que cualquier esquina puede convertirse en una emboscada.

Salimos pronto por la mañana el día 22, cuando empezaba a clarear el día, y no debía ser todavía mediodía cuando localizamos el centro comercial, con las clásicas señales de ataque zombi: cristales rotos, puertas forzadas, barricadas improvisadas llenas de agujeros, huellas de incendios y explosiones… A partir de este punto, debíamos ser especialmente cuidadosos.

Entramos por una de las puertas laterales, en las que las puertas habían desaparecido completamente. Por las cristaleras superiores entraba una luz blanquecina; el suelo estaba lleno de charcos de lluvia de los días pasados. El supermercado estaba en la planta inferior, la más oscura de todas; la misión se complicaba. Teníamos claro, en todo caso, que no íbamos a jugarnos la vida por conseguir una lata de foie-gras o un tarro de puré de manzana.

El olor que salía del supermercado era terrible: kilos y kilos de comida podrida debía acumularse en las estanterías y en los mostradores, y seguro que también había más de uno y más de dos cadáveres ahí abajo: de supervivientes y de zombis, mezclados y en muchos casos indistinguibles. Encendimos nuestras linternas y entramos en formación, yo a la izquierda, Nerea a la derecha y Alberto en el medio, paso a paso, centímetro a centímetro. Todo parecía tranquilo; solo se oía el zumbido de algunas moscas.

Los letreros que señalaban las secciones del supermercado habían sobrevivido en su mayor parte; buscamos la que indicaba las conservas y nos dirigimos hacia allí. Y entonces, al girar la esquina en el pasillo principal, nos los encontramos, cara a cara.

Lo primero que vi fue el bebé zombi; era el primero que veía. Los niños zombis eran algo relativamente habitual, pero nunca tan pequeños como aquel. A juzgar por su tamaño, no debía de tener más de un año en el momento en el que fue mordido, y desde entonces había dejado de desarrollarse. Tenía los mismos ojos perdidos, los mismos movimientos convulsivos y la misma palidez mortuoria del resto de los zombis, pero cuando se despertó asustado por nuestras linternas lloraba como un bebé: como un bebé humano, vivo, quiero decir.

Y a su alrededor (al principio ni siquiera los había visto), una zombi y un zombi, de edad imposible de calcular, mirándonos con las bocas y los ojos muy abiertos.

Vi que Alberto levantaba la escopeta y se disponía a disparar, pero yo le puse la mano en el hombro y le dije: “Espera”. Era que había visto algo extraño en la actitud de los dos zombis adultos, algo que me resultaba diferente a lo habitual, a lo que me había acostumbrado en el año y medio anterior de supervivencia. Para empezar, no se habían lanzado corriendo contra nosotros; más bien estaban a la espera de nuestro siguiente paso. Con actitud amenazante de animal amenazado, gruñían y se agitaban sin moverse del sitio.

-¿Están… protegiéndole? -preguntó Nerea, que había visto lo mismo que yo.

-No es posible -dijo Alberto, porque de hecho no lo parecía. Los zombis tenían un cierto comportamiento gregario, es verdad, pero proteger a un bebé… sacrificarse por otro ser vivo… eso parecía algo totalmente fuera de su alcance.

-Vamos a coger la comida y salir de aquí cuanto antes -dije.

Nerea y yo metimos en las mochilas todas las latas que encontramos que no estuviesen caducadas, hinchadas o rotas mientras Alberto nos cubría apuntando alternativamente a los dos zombis adultos. Luego nos retiramos lentamente, subimos al primer piso, salimos del centro comercial y emprendimos el camino de vuelta.

Ninguno de los tres habló mucho hasta llegar al campamento, más allá de las instrucciones rutinarias sobre direcciones y precauciones contra posibles emboscadas. Cuando llegamos dejamos los víveres en el almacén y recibimos con una expresión falsa de alegría las felicitaciones de nuestros compañeros. “¡Menuda Navidad nos vamos a pegar!”, decían, “¡y todo gracias a vosotros!”

-¿Algún incidente durante la expedición? -nos preguntó la doctora.

Alberto, Nerea y yo no necesitamos ni ponernos de acuerdo. “Ninguno”, contestamos. “Todo normal”. Es que los tres habíamos comprendido sin duda lo mismo: ¿cómo íbamos, cómo iban nuestros compañeros a disparar a los zombis y a machacar sus cráneos con palos y piedras de la misma forma, si supieran que eran seres capaces de compasión, de inteligencia y de sacrificio?

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