Gertrud Hartmann, trompetista

Gertrud Harmann (de los Hartmann de Boston, los dueños de la cadena Hartmann de tiendas de electrodomésticos, quién no ha comprado en sus tiendas una nevera o una estufa o un microondas) se enamoró del sonido de la trompeta cuando tenía solo cinco años, cuando la oyó por primera vez en una grabación de un concierto para trompeta de Haydn que sus padres tenían en casa, sus padres solían poner música en el salón mientras tomaban el té y cuando ponían este disco en concreto Gertrud (Gert, la llamaban en casa) se quedaba hipnotizada mirando girar el disco, escuchando cada nota como si las bebiera, hasta parecía que las orejas se le volvían más grandes y puntiagudas como las de los gatos o las de los elfos para escucharlo todo mejor, así que su padre le compró otros discos de música clásica para trompeta, Mozart, Bach, Vivaldi, pero no había muchos y se acabaron pronto, así que Gertrud luego se tenía que conformar con oír discos de música clásica en general y esforzarse por escuchar solo la trompeta, fue un don que desarrolló con el tiempo, llegó un momento en el que era capaz de apagar el resto de la orquesta y quedarse solo con las trompetas, pero las trompetas casi nunca tenían un papel protagonista, así que la experiencia terminaba por ser bastante frustrante.

“Quiero aprender a tocar la trompeta”, les dijo Gertrud a sus padres cuando solo tenía ocho años pero sus padres (o mejor dicho su madre) le dijeron que no, cariño, que las niñas aprenden a tocar el piano o el violín, instrumentos delicados, propios de señoritas, así que le pusieron una profesora de piano y la tuvieron tocando escalas y arpegios durante años pero Gertrud no estaba interesada y además no se le daba nada bien, tenía los dedos demasiado grandes y no conseguía moverlos por la superficie del piano lo bastante rápido, daba un poco de pena verla cuando sus padres le hacían tocar para sus invitados, porque no es solo que al piano fuera una intérprete mediocre, sin inspiración ni talento, es que además mientras tocaba se pasaba todo el tiempo resoplando y revolviéndose en el taburete como si fuera un caballo salvaje ensillado o como si estuviera tocando realmente, como ella quería, una trompeta.

Con quince años (eran los locos años 60) Gertrud Hartmann conoció el jazz y eso cambió su vida, eran los mejores años de Miles Davis por ejemplo y aunque Boston no era Nueva York o Nueva Orelans no costaba encontrar grabaciones de jazz en las tiendas o locales en los que se tocaba música de jazz y en los que a Gertrud no le dejaban entrar, así que tenía que contentarse con oír las grabaciones y tocar en su propia trompeta que se había comprado con el dinero que había ido ahorrando desde hacía años y que sus padres habían tenido que aceptar como hechos consumados, aunque le prohibieron, eso sí, que la tocase en la casa o en cualquier lugar en el que le pudiera ver gente, incluidos los sirvientes que qué iban a pensar.

Con dieciocho años Gertrud se fue a estudiar Historia del Arte a Columbia y eso fue el principio de todo o de casi todo, en realidad la historia del arte no le interesaba demasiado pero sabía que necesitaba salir de casa, y que Nueva York era el lugar en el que podría desarrollar su carrera si es que quería tener una carrera como trompetista, aprender de verdad, con los mejores, estar en el ambiente, y eso hizo, se trasladó a Nueva York, se compró otra trompeta y no se presentó en una sola de sus clases de historia del arte, lo que enfureció a sus padres pero que al fin y al cabo era de lo más previsible, ¿cuándo le habían visto a la chiquilla prestar la más mínima atención a ninguna forma de arte que no fuera la música, y concretamente la música de trompeta?

A medida que Gertrud se fue adentrando en el mundo del jazz neoyorquino descubrió que los rebeldes de la sociedad son a veces tan conservadores como la misma sociedad contra la que se rebelan, muy pocos músicos aceptaban que una mujer tocase la trompeta con ellos, una trompeta no era un instrumento para una mujer, de hecho era bastante dudoso que el jazz fuera música propia para una mujer, y los músicos negros eran casi peores que los blancos porque les parecía que qué era eso de que una mujer blanca, blanquita, pijita, de la clase alta de Boston viniera a hacerse pasar por trompetista de jazz, anda que se fuera al Carnegie Hall a tocar sonatas de Beethoven, le decían sin decírselo, y a veces cuando Gertrud intentaba participar en jam sessions de jazz en el Village los otros músicos se negaban a tocar con ella y el escenario se iba despoblando, salía el contrabajista, el saxofonista, el batería, y al final Gertrud terminaba tocando ella sola en el escenario y muchos de los asistentes le daban ostentosamente la espalda aunque para dentro pensasen, “caray, qué bien toca esta chica, para ser una chica”.

En 1969 Gertrud consiguió formar su primera banda más o menos estable con un grupo de músicos que había ido conociendo en los locales de jazz y algunos también en la universidad en la que paradójicamente había buscado refugio, lo que pasa es que eran músicos de segunda si no de tercera fila, eran otros músicos con los que nadie quería tocar pero no a causa de su sexo o de su color de piel como era el caso de Gertrud sino simplemente porque eran músicos vulgares, torpes, monótonos, sin alma, así que cuando Gertrud y sus chicos daban un concierto (la banda no tenía el nombre de Gertrud porque eso habría sido impensable) no iba a verles casi nadie, y los que iban a verles iban solo para verla a ella, la trompetista maravillosa de la que tanto habían oído hablar porque era como una cosa de freak show, una chica que tocaba la trompeta, cuándo se había visto.

Ni siquiera cuando consiguió cierto renombre, siempre a la sombra claro de sus colegas masculinos, Gertrud se libró de esta cosa de ser una mujer que está haciendo algo impropio de una mujer, era muy habitual que en las entrevistas le preguntasen por qué no había escogido otro instrumento más femenino, o por qué no era ella misma, toda ella, más femenina (es verdad que Gertrud era una mujer grande, ancha de espaldas y con muchos músculos, aunque no dejaba de tener sus pretendientes entre los hombres y entre las mujeres), y esto a Gertrud, que ya estaba de vuelta de todo y ya no tenía que empatar con nadie, la sacaba de quicio, claro, “cómo que no soy femenina, decía, ¿tengo coño o no tengo coño?”, y una vez que estaba especialmente harta o a lo mejor había bebido algo se bajó los pantalones y puso el coño, por decirlo así, encima de la mesa, “¿soy femenina o no soy femenina, eh?”, esa entrevista nunca llegó a publicarse, claro.

En 1989 Gertrud grabó su Gertrud Hartmann quintet at the Blue Square en su ciudad natal de Boston y ese fue el momento estelar de su carrera, el momento en el que por fin llegó al gran público dentro del gran público que puede tener el jazz y empezaron a invitarla a festivales internacionales por todo el mundo y aunque seguía habiendo un cierto aire de excepcionalidad a su alrededor, del tipo “es trompetista, y mujer, es una trompetista mujer, como te lo cuento”, eran otros tiempos, por lo menos ya no le preguntaban por qué no usaba faldas y pelo largo y por qué no tocaba el violín, hasta sus padres fueron a verle tocar alguna vez aunque sin mucha alegría, porque lo sentían más como una derrota que como una reconciliación.

Y precisamente entonces, a principios de los 90, cuando se estaba empezando a reivindicar su figura, Gertrud Hartmann dejó de tocar, dejó la trompeta, dejó la gira y dejó los conciertos, algunos dijeron que por agotamiento, otros que por exceso de éxito, algunos vieron en su retirada la confirmación de que las mujeres, al final, no dan la talla para ciertas cosas y ella no le contó a casi nadie que se debía sobre todo a un principio de artritis reumatoide que empezaba a deformarle los dedos de las manos y que no le dejaba tocar como quería, y para no poder tocar como quería mejor no tocar nada, Gertrud siempre fue así, extrema.

Hace tres años, cuando Gertrud cumplió los sesenta y cinco, quisieron hacerle un homenaje y darle un Grammy honorífico a toda su carrera, como ejemplo de superación y de liberación y de cómo las mujeres al final, oye, va a resultar que son iguales que los hombres en casi todo, pero ella se negó, y para dejarlo claro grabó un vídeo usando la webcam de su sobrino en el que decía que se podían meter el premio por el culo, que cuando podía tocar no le habían hecho ni caso y querían premiarla ahora que ya no podía tocar y era inofensiva, que para qué quería un premio a toda una carrera, que no lo necesitaba para nada, que eran ellos los que necesitaban premiarla para sentirse bien consigo mismos y que se fueran a la mierda.

Esa fue la última aparición pública de Gertrud Hartmann, que vive retirada en una casa de la familia a las afueras de Boston, y cuyos discos antiguos están ahora siendo reeditados en vinilo y se están vendiendo como rosquillas después de que en la época del vinilo no los quisiera comprar ni su madre, literalmente.

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