Una distopía

Víviamos en el mejor de los finales del mundo posibles: si bien es cierto que el nivel de vida de la sociedad en su conjunto era bastante mejorable, el de cada uno de los individuos que la componía era una puta mierda. ¡Qué maravillosas eran las maravillas de la técnica! Los que nos habíamos quedado sin casa, sin trabajo, sin comida las veíamos a través de las paredes de cristal de los rascacielos. ¡Cirujía automatizada, robots de servicio (de todo tipo de servicios), implantes de memoria! ¡Y nosotros bebiendo vino y sacándolos los dientes podridos con los dedos debajo de los puentes! ¡Qué despercidio! (Nosotros, quiero decir: puro desperdicio, mejor haríamos tirándonos desde esos mismos puentes en vez de vivir debajo).

¿Cuándo se fue todo a tomar por culo, me pregunto? Nunca, nunca se fue todo a tomar por culo. Vivimos en el mejor de los finales del mundo posibles, eso es así. ¡Nunca ha habido tanta felicidad, tanto bienestar, tanto lujo! ¿Qué más da que se concentre en unos pocos? Lo que importa es que esa felicidad es posible, y sabiéndolo es como si todos fuéramos un poco partícipes de ella. Además, el vino no está tan malo y nos calienta el cuerpo por dentro.

La vida fuera de los rascacielos de cristal no es fácil, pero sí emocionante: no es fácil aburrirte cuando el que se aburre se congela. Así nos mantememos en forma y podemos después ir a trabajar en las minas de rubidio, así no morimos, o morimos menos. En el fondo, todo es por nuestro bien: si viviésemos en medio de las comodidades de los rascacielos no sobreviviríamos ni un segundo en las minas. ¡Sofás ergonómicos masajeadores, somníferos y calmantes, carne todos los días para comer, bien cubiertita de grasa! ¡Puaj! El vino no solo te calienta, también te mantiene fino y tenso. Y así se folla mejor. Los de los rascacielos nunca se irían con uno de nosotros, ¡ni al revés! ¿Quién quiere un cuerpo seboso y degenerado cuando puede tener cincuenta kilos de pura fibra?

Cada cinco o siete años, no sé, nos preguntan: “¿Os gusta vuestra vida, está todo bien? Porque si no os gusta, cambiamos, ¿eh?” Detrás de las personas que vienen a preguntarnos, vienen también pelotones enormes de hombres armados, para protegernos. ¡Qué vamos a querer cambiar! ¡Quién quiere cirugía automatizada, robots de servicio y comida caliente toda llena de grasa! Tenemos vino y purés de cosas picadas que podemos comer incluso sin dientes. Nos reímos mucho cuando vienen a preguntarnos, qué gracia, ¡que se vuelvan a sus casa de cristal! Los que vienen a preguntarnos también se ríen, pero nosotros no sabemos por qué.

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