Mujer con hijo

Se pregunta si sería más feliz si no hubiera tenido a su hijo, e inmediatamente después se pregunta si el solo hecho de planteárselo, independientemente de la respuesta, la convierte en una mala madre. Lleva un año dedicada a cuidar de él, del pequeñajo, cambiando pañales, preparando purés, limpiando cacas y vómitos y mocos, y a veces se siente plena y realizada, y a veces se siente aburrida, vacía, cansada, triste. Muy sola.

Tener un hijo es siempre duro al principio; tener un hijo en un país extranjero y sin apoyo familiar, es extenuante hasta el agotamiento. Su marido hace lo que puede (¿Hace todo lo que puede? Es difícil saberlo) pero se pasa el día en el trabajo, al otro lado de la ciudad, y es a ella a la que le toca ocuparse del niño, día tras día, hora a hora, desde hace meses. Ya casi no recuerda lo que es leer un libro, ver una película, sentarse a ver la televisión durante horas sin prestar atención; siempre hay cosas que hacer, y cuando no hay nada que hacer lo único que le apetece es no hacer nada, vegetar, dormir. Ella misma se ha convertido en un bebé por culpa de su bebé.

Por supuesto que sabía dónde se metía, no fue una decisión incosciente ni precipitada tener un hijo, lo que pasa es que nadie sabe realmente dónde se mete hasta que se mete, da igual que te lo digan, las barbas de tu vecino nunca son tus propias barbas. Sabía a lo que estaba renunciando cuando se quedó embarazada, y eran renuncias que quería hacer, que estaba dispuesta a hacer. ¿Pero había valorado realmente la cantidad y la calidad de esas renuncias? ¿Estaba realmente preparada para hacerlas? ¿Es una mala madre por echar de menos salir a bailar con las amigas, viajar por el mundo, dormir hasta el mediodía los domingos? ¿Por querer tener éxito en una carrera profesional que le encanta?

Dentro de un par de meses se le acaba la baja por maternidad y ese será el momento de tomar una decisión: pedir una excedencia, renunciar completamente al trabajo o bien encontrar a alguien que cuide del niño. La verdad es que ella quiere volver a trabajar, no ve el día de volver a hablar con otros adultos de temas que no sean pañales y purés y cacas y vómitos y mocos. (Aunque, claro, sabe también que cuando vuelva todo el mundo querría hablar con ella de su experiencia como madre, en especial las otras madres de la oficina).

Entonces, ¿buscar una guardería para el chiquillo? ¿Tan pequeño? ¿O contratar una nanny y dejarlo en manos de una desconocida? Que su marido deje el trabajo es algo que ni se plantea. (¿Por qué? Porque no. No sería razonable). Así que la decisión está sobre sus hombros. Nunca se ha imaginado a sí misma como una madre, o sea, como sobre todo una madre: siempre pensó que llegado el momento sería una mujer, una persona que casualmente tenía un hijo; y ahora de repente todas sus demás dimensiones se ven reducidas a la nada por esa criatura pequeña, llorona y que huele muy bien cuando no huele horriblemente mal.

Le da miedo llegar a odiar a su hijo, porque eso sí que la convertiría en una mala madre, en una mala persona; no hay nada más antinatural que una madre que odia a su hijo. De pie junto a la cuna (se resiste a decir cunita, pantaloncito, princesita, odia los diminutivos, ¿eso la transforma en una mala madre?) intenta abstraerse de todo lo que se supone que debe sentir por ese cuerpecito caliente, y concentrarse en averiguar lo que realmente siente, lo que es ella en medio de aquella maraña de presupuestos y convenciones y tópicos.

Solo son dos meses más, piensa, e inmediatamente después piensa: no son dos meses, es toda una vida. Toda una vida preocupándome de si a este niño le dan un golpe en la cabeza o si se cae en el colegio o si le atropella un coche, toda una vida poniendo a otra persona por delante de ella en sus preocupaciones. (Porque claro que quiere a su hijo, lo quiere a veces hasta las lágrimas de un enternecimiento un poco cursi, y otras veces hasta la náusea de la angustia que le da verlo tan pequeño y tan indefenso).

El bebé se agita en medio del sueño, abre los ojos, se los frota, parpadea se despereza; cuando reconoce a su madre que lo observa desde arriba, llora un poco y levanta un brazo, pidiendo que lo cojan. Ella lo hace, y el bebé deja de llorar casi al momento, y se queda colgado de su cuerpo como un koala. “Esto lo compensa todo”, piensa ella, enternecida, “por estos momentos todo vale la pena”, piensa, pero no tiene muy claro si lo cree de verdad o si solo está intentando convencerse a sí misma.

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Un pensamiento en “Mujer con hijo

  1. Es muy real sentir que todo vale la pena, por muy duro que llegue a ser en ocasiones el renunciar a tantas y tantas cosas por abrirles a ellos el mejor de los caminos. Y, lo siento, ¡es patrimonio de la Mujer! Para bien o para mal, por muy sacrificados que algunos padres lleguen a ser, ¡infinitamente más lo somos las Madres!

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