La pureza es una asesina

Había en el templo una calma pesada y un silencio que parecía provenir de la propia piedra de las columnas. Al entrar, impresionaba el atrio inmenso, lleno de aristas y ángulos rectos, tan estático que parecía no tener edad. En un rincón, una anciana con la piel llena de pliegues, vestida con las ropas blanquísimas de las sacerdotisas, masticaba algo laboriosamente; o a lo mejor estaba hablando sola.

El gran sacerdote hablaba con una voz monótona y profunda que me producía una incomodidad angustiosa, como si estuviera metiéndome la mano por la garganta y apretándome las vísceras. Me había recibido con una inclinación del cuerpo y las manos escondidas muy dentro de las mangas de su túnica. Empezamos a recorrer los pasillos del templo, hasta llegar a un claustro cuadrado anornado con formas geomátricas minimalistas en el suelo, en las columnas y en los techos de los arcos. Allí nos sentamos a conversar.

-Los hermanos y hermanas que entran al templo -decía el sacerdote con su voz de terremoto- suscriben un voto de pureza que se extiende a todos los aspectos de su vida.

-La pureza… -empecé, pero dejé la frase en el aire.

-En este ambiente de paz y serenidad dedicamos nuestra vida a la meditación y al autoconocimiento.

-Me parece que no tenéis ni idea de lo que pasa ahí fuera… -le dije, intentando calmar la irritación que me consumía.

-Precisamente porque sabemos cómo están las cosas ahí fuera estamos nosotros aquí dentro.

Mientras hablábamos, figuras vestidas con togas blancas, rojas y naranjas paseaban a nuestro alrededor, con expresiones extáticas esculpidas en la cara. El sacerdote me explicaba las normas del templo, la rutina de los clérigos, los miterios místicos de la orden; yo le dejaba hablar sin interrumpirle, distraído por los pájaros que volaban por encima de nosotros en dirección al Sur.

-La pureza es imposible -le dije por fin, cuando nuestra convresación estaba casi terminada-, la pureza es enemiga de la vida. La pureza es una asesina -le dije.

-La pureza es lo que salva la vida, lo que la santifica.

-Vete a la mierda -le contesté.

El alto sacerdote no pareció sorprendido ni enfadado conmigo. Quise ver en sus ojos si me compadecía, pero solo conseguí verme reflejado a mí mismo.

Luego me acompañó hacia la salida, pero no como si quisiera echarme sino como si quisiera calmar mi impaciencia: hacía tiempo que necesitaba salir de aquel sitio y respirar el aire contaminado de la ciudad.

En el atrio de la entrada, la vieja sacerdotisa me sonrió con una beatífica sonrisa sin dientes.

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