Un caso para el investigador Pérez

El otro día estaba tomándome un café en la cafetería de aquí debajo de casa, sentado en una mesa con un libro, cuando uno de los camareros se me acercó sigilosamente por detrás y se me quedó mirando.

-Está todo estupendo, gracias -dije, por costumbre, como un reflejo automático.

-No es eso -me contestó el camarero, sin reparar aparentemente en el faux pas-. Tengo algo que proponerle al señor.

-¿Ah, sí? -respondí, tan sorprendido como interesado.

-Sí, vea. El otro día me pareció oírle hablar con su amigo… Hablaban de su trabajo… El señor es investigador, ¿no?

-Sí… Pero… Sí.

-Quiero que investigue algo para mí.

-¿Cómo?

-Tengo un caso para usted.

-No, no, perdón, yo soy investigador pero de Literatura Comparada…

-Pues a ver con qué me compara esto el señor: mi perro ha sido asesinado.

-Así a bote pronto, lo compararía con El curioso incidente del perro a medianoche.

El camarero no debía conocer el libro, y por el brillo renovado de su mirada deduje que acababa de confirmar sus sospechas de que yo era un detective a lo Marlowe.

-Sospecho del vecino -siguió diciendo-. Nunca le cayó bien Esperanto.

-¿Esperanto?

-Mi perro. Yo hablo algunas palabras de Esperanto. Saluton, mi nomiĝas Pedro.

-Ahá.

-Una tarde cuando volví a casa del trabajo me encontré a Esperanto tirado junto a la puerta, con la pata así. -Así era con la pata levantada, como diciendo “choca esa garra”.- Las noches anteriores había estado muy revuelto, ladrando mucho. Sospecho que el vecino le envenenó de alguna forma a través de la ventana. ¡El muy cabrón!

-¿Y por qué no le denuncia a la policía?

-¡La policía! Se ve que no sabe cómo funcionan las cosas en este país. La policía siempre se pone de lado de los asesinos de perros, son una mafia, se protegen los unos a los otros…

-Por curiosidad, ¿qué edad tenía… Esperanto?

-Diecisiete años.

Hay misterios que no tardan mucho en resolverse. Pensé en cómo librarme de él para seguir leyendo mi novela, que estaba de lo más interesante.

-Lo siento, pero no puedo hacer nada -le dije-. Necesitaría fotografías del bicho… de Esperanto, acceso a su historial médico completo, un plano de la casa, una copia de las llaves…

Al oír esto el camarero se levantó de la mesa, y yo pensé que por fin había resuelto dejarme en paz; pero pocos segundos después volvió con una carpeta llena de papeles.

-Aquí está todo. Y sobre la llave… -Rebuscó durante un rato en su bolsilo hasta encontrarla-. Aquí está. Era la copia de mi mujer, pero ya no la va a necesitar, ya me entiende, jajaja.

Hice un último esfuerzo para parar aquello.

-Soy caro. Demasiado caro, me temo. Doscientos euros ahora y cien más al día hasta que descubra al asesino. Gastos de material aparte.

Hubo un nuevo movimiento de manos y de repente tenía delante de mí una pequeña montañita de billetes azules.

-Cualquier cosa para encontrar al asesino de Esperanto. Cualquier. Cosa. Lo que necesite, solo tiene que pedirlo.

Ya no había salida: me había convertido efectivamente en un detective a lo Marlowe. Y muy bien pagado, además. Le estreché la mano al camarero y le prometí que encontraría al asesino de su perro.

Y ya en mi nuevo papel de detective privado, lo primero que hice fue meterme el dinero al bolsillo. Lo segundo que hice fue cambiar de cafetería.

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