Escena nupcial

En la noche de bodas (habían estado reservándose) él deseó que ella se mostrase más tímida; ella deseó que él se mostrase más atrevido. Era ella la que lo había desnudado, la que se había desnudado a sí misma; era ella la que lo había llevado a la cama y la que le había dicho que se tumbase encima de ella: quería agradarle, estar a la altura de sus expectativas. Él no entendía que mostrase esa seguridad: la había imaginado vergonzosa, acurrucada en una esquina de la cama, pidiendo paciencia; ahora él el que sentía ganas de acurrucarse y ponerse a salvo. “¿Con cuántos hombres habrá estado?”, pensó él; “¿No habrá estado nunca con ninguna mujer?”, pensó ella. “Pobre”. Él adivinó lo que ella pensaba y también al revés; la lástima de ella lo enfureció. Quiso, de repente, ser más hombre que cualquier otro hombre que ella pudiera haber conocido. (Ella no había conocido a ningún otro hombre, o eso le había dicho). La cogió por el brazo, le dio la vuelta sobre la cama y la apretó con todo el peso de su cuerpo. Ella se asustó y, ahora sí, se mostró cautelosa, tímida, como él quería; pero él ya no quería eso, y ella ya no sabía lo que querer. Notó una resistencia, o la imaginó, pero no supo si era por la propia tensión del momento. “¿Es virgen?”, pensó él, “¿voy a tener que enseñárselo todo yo?” Sintió desprecio y la apretó con más rabia, como si fuera un animal al que estuviera castigando. En una de las embestidas más violentas él le torció el brazo hacia atrás, y ella gritó. “¿Con qué tipo de bestia me he casado?”, pensó ella; estaba a punto de echarse a llorar. Quizás por el grito, o porque adivinó las lágrimas, o porque había bebido bastante a lo largo del día, a él se le aflojó la pasión, por decirlo así. Libre del peso, ella se giró, lo giró y se puso encima; volvía a llevar la iniciativa. “No era ni medio hombre al fin y al cabo”, pensó con resignación; “tanto reservarnos para esto”. A él la renovada agresividad de ella ya no le causaba repulsión ni espanto; todo le daba igual, en realidad, se había echado todo a perder, todo. “Mi mujer es una puta”, pensó, y ni siquiera se le subió la sangre a la cabeza al pensarlo. Ella volvió a gritar, pero ya no era ni dolor y a ella misma le habría costado decir si estaba fingiendo o solo exagerando. Él supo que era el momento de cumplir o rendirse, y cumplió, o hizo lo que pudo. Fue todo desacompasado, molesto. Rompieron el abrazo en cuanto lo permitieron los temblores de sus piernas. Cuando ella se levantó para ir al baño, él miró sin mucho disimulo a ver si se habían manchado las sábanas de sangre.

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