Alerta filólogos

El Gobierno lanzó el mes pasado una alerta urgente para reunir a todos los filólogos posibles: al parecer, las palabras estaban mal cosidas y los significados estaban empezando a despegárseles. (La empresa que se había encargado de coser las palabras a sus sentidos era del primo del hermano del tío del director de la Real Academia, pero seguramente fue todo casualidad).

“Estimados filólogos”, decía el mensaje del Presidente, “por una vez en la vida tenéis la oportunidad de ser útiles y que la gente deje de preguntaros para qué servís. No la desaprovechéis”. Fue muy amable por su parte.

Nos reunieron a todos los filólogos en un hangar de Madrid-Barajas-Adolfo-Suárez-Duquesa-de-Alba, sentados en filas como en una factoría de ropa deslocalizada; las palabras nos llegaban amontonadas en cajas y teníamos que escribirles por detrás con letra muy clara y sin faltas de ortografía los significados correctos, para que no volvieran a despegárseles nunca nunca nunca, o por lo menos en los próximos diez años.

Los filólogos no somos un todo homogéneo (de hecho es bastante discutible que lleguemos a ser un algo homogéneo) así que pronto surgieron dos escuelas de pensamiento: la primera decía que, puesto que la relación entre significante y significado es arbitraria, podíamos coger la primera palabra de una caja, daba igual lo que las palabras significasen antes del despegamiento: podíamos cogerlas aleatoriamente y empezar a escribir en ellas la lista de significados pre-aprobados que nos había entregado la Academia.

La otra escuela de pensamiento decía que los de la primera escuela de pensamiento eran simplemente unos vagos que se las daban de post-estructuralistas, y que las palabras tienen una historia y una etimología y unas connotaciones socialmente adquiridas; a lo que los de la primera escuela contestaban que qué pesados, que vale, vale, para ti la perra gorda.

Al principio la tarea avanzaba a buen ritmo y sin relativas injerencias externas; era casi agradable estar en aquel sweatshop lingüístico. Luego empezamos a recibir recados de diversas procedencias: las empresas, los partidos políticos, las universidades, las autoridades religiosas, las instituciones públicas, las ONG… A las ONG no les hacíamos caso, porque pobrecillas, pero ignorar a las demás era más difícil: “mira que todo esto lo pago yo”, “¿ya sabes dónde vas a trabajar cuando termine todo esto?”, “¡Condenación eterna si no sigues mis instrucciones!”.

Puedo decir con orgullo que me mantuve inflexible en mi labor científico-académico-lingüística; no sé si puedo decir lo mismo de todos los demás. Eran, al fin y al cabo, hombres, es decir, seres humanos (en el hangar la mayoría eran mujeres, en realidad). Así que no puedo estar completamente seguro de que alguno de ellos no haya añadido connotaciones eróticas a la palabra “petróleo”, o haya transformado la palabra “guerra” en un sentimiento deseable. Esto mismo que estoy escribiendo quizás ya no signifique lo que creo que significa.

Cuando terminamos nuestra labor, el Gobierno nos envió un nuevo mensaje. “Habéis sido útil a la patria, y al lenguaje, que es la verdadera patria. Volved ahora al reino de la inutilidad con el orgullo del deber cumplido. Si habláis a alguien de esto os sacaremos los ojos con una orquilla oxidada”. Fue muy amable por su parte.

Después de aquello, efectivamente, los filólogos volvimos a nuestras identidades secretas, camuflados como profesores, correctores, traductores, editores, vagabundos, perroflautas. Cuando alguien nos pregunta “¿Filología? ¿Y eso para qué sirve?”, en vez de partirles la cabeza con el paraguas como hacíamos antes, ahora sonreímos con picardía y decimos, con orgullo y satisfacción: “Para nada”.

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2 pensamientos en “Alerta filólogos

  1. Yo estuve en aquel hangar, por supuesto, y, como valiente defensora de las palabras, me presenté de las primeras (me gusta siempre elegir la segunda fila, porque veo mejor lo que ocurre en la escena sin llamar la atención como lo hacen los pelotas de delante). Me sumé a los que nos decantamos por la aleatoriedad y, pese a que convinimos “daros la perra gorda”, yo, subversiva y revolucionaria como soy, ¡me lo salté a la torera!
    Ahora voy por la vida contando a quien me quiera escuchar (cierto que no pasa de un oyente al año) la impagable misión que nos fue encomendada.
    Por cierto, soy… ¡bibliotecaria!

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