El enano tras la cortina (o Ajedrez con Proust)

Los últimos años de su vida, Marcel Proust los pasó encerrado en su cuarto, tumbado en una cama volviéndose un ser cada vez más enfermo, como si estuviesen consumiéndolo sus propios recuerdos como a una madalena untada en . Intrigado por este comportamiento, el crítico Jacques Mervier, de la Université París XVII – La Derniére, decidió visitar al escritor para la que fue, de hecho, su última entrevista conocida.

Mervier fue recibido por un criado (¿o era un familiar?) de Proust, que lo condujo al dormitorio sin mucha ceremonia. Proust estaba tirado en la cama, como un animal moribundo, pero conservaba la dignidad del genio. En su conversación, que ha sido debidamente trascrita y comentada en decenas de volúmenes dedicados a la vida y la obra del escritor, hablaron sobre literatura,

Lo que esos estudiosos no saben es lo que pasó al final de esa entrevista. En determinado momento, a Mervier le empezó a sonar raro el tono con el que Proust contestaba a sus preguntas y comentarios: eran, en realidad, perfectamente razonables, tan razonables que no sonaban humanos. Otras extrañezas (la forma en la que Proust movía la mano izquierda en un círculo perfecto, el gesto vacío de sus ojos o cierto eco metálico en su voz, por ejemplo) llevaron a Mercier a un estado de incomodidad cercano a la náusea.

Por fin, unos ruidos salidos de debajo de la cama de Proust le incitaron a mirar debajo de la colcha. Allí, escondido entre la ropa de cama, un enano manipulaba un complicado sistema de engranajes y poleas. “¿Le apetece una partidita de ajedrez”?, estaba diciendo en ese momento Proust con una voz que sonaba irónica o artificial.

Lo que contestó a esa pregunta, o lo que pudo hablar con el enano, Mervier nunca lo dijo: publicó la primera parte de la entrevista con Proust, dándole un cierre abrupto pero no sorprendente, y luego se retiró del mundo de la crítica literaria. La muerte del escritor, por su parte, fue anunciada tres meses más tarde: pneumonía se dijo. Pobre, se dijo también, tenía tanto para escribir.

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