Moscas (2)

Al quinto día de encierro sin salir de casa, aparecieron las moscas. Conviene aclarar que no se debió a la falta de limpieza: el fallecido se duchaba y cambiaba de ropa todos los días, fregaba los platos nada más terminar de comer y no se olvidaba ninguna noche de sacar la bolsa de la basura al descansillo, para que la recogiese el chico que se encargaba de llevarla hasta el contenedor. Se podría decir que su casa estaba inmaculada, si no fuera porque la cantidad de moscas que la invadían le daban un aire, injusto pero innegable, de vertedero municipal.

Al principio, las moscas no eran un problema, ni por tamaño ni por cantidad: eran mosquitas pequeñas como las que aparecen en la fruta y no pasaban de la docena o docena y media como mucho. Se concentraban, cosa extraña, en el despacho en vez de en la cocina, sobre todo en la pared que estaba enfrente de la mesa, y sobrevolaban al fallecido mientras leía, escribía o dibujaba, teniendo siempre cuidado (un cuidado poco habitual en este tipo de insectos) por no acercarse demasiado a la bombilla de la lámpara de mesa.

Solo después de la segunda semana empezó a ser evidente que lo de las moscas iba a ser un verdadero problema, porque no solo habían aumentado en número, acercándose rápidamente a la centena, sino también de tamaño, convirtiéndose en unas señoras moscas de tamaño respetable (tamaño mosca, diríamos si el asunto no tuviera la gravedad que tiene). El fallecido intentó cazarlas con todos los medios que encontró a su alcance (trapos, zapatillas, cuadernos…), y de hecho pronto acumuló un respetable montoncito de cadáveres de mosca encima de la mesa; pero eso no parecía aliviar el problema, porque las moscas se reproducían a una velocidad increíble (se reproducían como moscas, podríamos haber dicho otra vez, pero tampoco lo diremos).

No cabe duda de que en una situación normal, el fallecido podría haber bajado a la calle, haber comprado un espray antimosquitos y haber rociado la habitación o la casa entera con él, y asunto resuelto. Pero esta no era una situación normal, y esa solución tan práctica era de hecho no solo impracticable sino absurda. El fallecido alcanzaba ya su tercera semana de encierro y como hombre culto que era debió de recordar, sin duda, las famosas moscas que perseguían a Orestes en la famosa obra de Sartre (aunque este parecido debió desecharlo por absurdo, porque él nunca había estado en Grecia).

Tras un mes de aislamiento, las moscas empezaron a ser un problema incluso para los vecinos, porque las moscas al revolotear de un lado para otro constantemente producían un zumbido parecido al de un transformador o un deshumidificador conectado a la máxima potencia. No solo los vecinos de al lado lo oían: también lo oían los vecinos de arriba, los de abajo y los de todavía más abajo, solo que esos eran un matrimonio bastante desagradable al que le encantaba quejarse por todo así que conviene no fiarse demasiado. El fallecido, en cambio, ya no tenía forma de quejarse, y no le quedaba otra que convivir con las moscas, que a esta altura ya eran moscones descomunales y se acercaban al millar.

Respirar habría sido difícil para el fallecido en aquel aire lleno de bichos, si no fuera porque, en fin. Trasladarse a otro cuarto tampoco sirvió de nada porque la nube de moscas lo siguió también hasta su nueva ubicación. (O a lo mejor es que la nube de moscas llenaba ya todas las habitaciones de la casa, lo que sugeriría que en realidad estaba más cerca del millón que del millar). Quizá conviene que digamos, también, que el fallecido estaba ya a estas alturas notablemente más delgado.

Andar por la casa era ya un asunto bastante incómodo, no solo porque las moscas le iban golpeando todo el rato en la cara o en el cuerpo, sino porque también el suelo se iba llenando con una capa de espesor creciente de cadáveres de mosca de distintos tamaños y generaciones. Los pies del fallecido producían un rumor de hojas secas que en realidad no tenía nada que ver con hojas secas.

Hay entre el segundo y el tercer mes de encierro un vacío inevitable en esta narración, porque para entonces la densidad del mosquerío era tal que en la casa siempre parecía ser noche cerrada, incluso en pleno día, así que no conseguimos testimoniar lo que pasaba ahí dentro, cuáles fueron las acciones y actitudes del fallecido, sus tácticas contra la invasión (si es que hubo alguna) o su definitiva rendición (cuando fuera que esta llegó).

Cuando al principio del tercer mes los vecinos decidieron tirar la puerta abajo (porque el suelo de la casa empezaba a combarse con el peso de tanto insecto cadáver), no consiguieron encontrar al fallecido por ningún lado, por mucho que escarbaron con una pala entre los montones y montones de moscas. En condiciones normales, se podría pensar que el fallecido había renunciado a luchar contra los elementos y se había largado de allí, pero estas no eran condiciones normales: solo cabía deducir, por tanto, que el fallecido había desaparecido sin dejar rastro. (Diríamos que se había volatilizado si no tuviéramos miedo de caer otra vez en el doble sentido indeseado).

La casa quedó limpia un par de semanas más tarde gracias a los servicios de una empresa especializada en este tipo de asuntos y enseguida la alquiló una pareja joven de recién casados. A falta de herederos, las propiedades del fallecido fueron legadas a una casa de beneficencia, que a su vez las vendió en el rastro a precio más que módico. Yo tuve ocasión de comprar algunos de sus libros encuadernados en piel, aunque siempre los abro con cierto recelo no vaya a llenárseme la casa de moscas. (Podría decirse que tengo la mosca detrás de la oreja, pero eso sería tremendamente irrespetuoso con el fallecido y por lo tanto no lo diré: no diré, de hecho, nada más).

Anuncios

Un pensamiento en “Moscas (2)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s