Irene

A Irene la conocí en un curso de cocina portuguesa: nos pusieron a cocinar juntos porque éramos los únicos españoles y debieron pensar que, bueno, que nos entenderíamos. “Cocina para solteros”, se llamaba el curso, que es como decir: “ven a buscar pareja con la excusa de aprender a cocinar”.

Nada más ver a Irene, incluso antes de saber que íbamos a cocinar juntos, empecé a sentir lo que vulgarmente se conocen como “mariposas en el estómago”: nervios, sudores, temblores, ganas de vomitar, lo típico. Irene era bonita, modesta, con ojos grandes y lenguaje corporal de persona tímida, o sea, exactamente mi tipo.

Con los nervios, al principio no conseguía juntar dos frases seguidas. Menos mal que los primeros minutos de la clase consistían en una explicación por parte del profesor. Cuando terminó y nos tocó a nosotros intentar reproducir el plato, ya me había calmado un poco, lo que permitió que intercambiásemos historias personales, anécdotas sobre nuestra vida en Portugal y números de teléfono.

Nos reímos mucho, Irene y yo, cuando la cebolla se nos quemó en vez de simplemente caramelizarse. Que bebiéramos casi una botella de vino entre los dos también ayudó a aligerar el ambiente.

Para cuando llegamos al momento de cocinar el postre, yo ya era yo mismo. Ya le había hablado de los blogs, de Alicia y de Ruritania; ella me había hablado de sus gatos, de su hermana la perfecta y de un tatuaje que tenía en un sitio que ahora no te puedo enseñar pero a lo mejor más tarde, guiño, guiño, risa.

Así que cuando estábamos comiendo los platos que nosotros mismos habíamos comido, como cierre de la velada, me animé a hacer una de mis famosas bromas. Cogí uno de los cuchillos de cocina, me lo clavé en el dedo gordo de la mano izquierda y empecé a cortarme la yema del dedo trazando un círculo. “¡Mira lo que hago!”, le dije a Irene. “¡Yemas!”

La sangre empezaba a empapar el arroz que tanto nos había costado preparar, así que me metí el dedo en la boca. Sabía bien. Irene me miraba abriendo mucho sus ojos enormes, y ya no se reía. “Perdona”, le dije, ofreciéndole el dedo abierto hasta el hueso, “¿quieres?”

Las cosas al final no funcionaron con Irene, pero no creo que fuera por eso. Es que ella era de clase alta, y yo de clase media.

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