La vecina de al lado

En mi anteúltima casa en Lisboa tenía una vecina de enfrente que era la imagen prototípica, esterotípica, metonímica de la amargura: aparentaba ochenta y noventa años, era alta y flaca hasta casi desaparecer, andaba encorvada y encogida, tenía el ceño siempre fruncido, los ojos hundidos en unas cuencas insondables y una de esas bocas que se curvan hacia abajo como una anti-sonrisa. No era arisca, era más bien retraída, daba la impresión de que una palabra suya bastaría para matarla. Cada aliento podía ser el último aliento.

Y sin embargo, por algún motivo, aquella mujer me parecía extremadamente sexy; o mejor dicho, me excitaba de una forma rarísima, antinatural: nunca se han visto Eros y Tanatos tan cerca en una misma persona. No es que fuera una de esas mujeres que se miran y se piensa: “en otra época debió ser una mujer muy hermosa”; a mirarla a ella más bien se pensaba: “Esta mujer debió ser vieja hasta cuando era joven”. Era viuda desde hacía mucho tiempo, pero nunca hablaba del marido: no era una de esas viudas que construye un altar al marido al que en vida no soportaban.

Para poder estar más tiempo con ella y aspirar su olor a naftalina y pachuli, cogí la costumbre de pasar a visitarla al volver a casa, con la excusa de comprobar que no se había caído en la ducha. A veces me quedaba a cenar, y en esas ocasiones podía mirarla a voluntad todo el tiempo que quisiera, porque cuando comía (a cucharadas lentas y temblorosas) se concentraba en la comida con aire desesperado de náufrago que encuentra una lata de sardinas.

No había nada puro ni bondadoso en mis atenciones con ella, yo lo sabía y me sentía culpable por ello. Y sin embargo aquella mujer me seguía fascinando de un modo enfermizo y no podía dejar de buscar excusas para verla y para pasar con ella el mayor tiempo posible.

Hasta que una tarde ya no aguanté más. Pasé a su casa con una tarta de bizcocho que yo mismo había preparado con una de esas mezclas que “siempre quedan bien”, y que a mí me había quedado bastante mal. Ella preparó un café para mí y un té para ella. El olor de la cafetera italiana, que siempre me recuerda al de la casa de mi abuela, inundaba el ambiente y me producía una nostalgia que no iba a traer nada bueno.

Cuando terminamos de comer el pastel, le ayudé a lavar los platos y las tazas; o sea, los lavé yo y luego ella fingía que los secaba con un pañuelo deshilachado que parecía de todo menos limpio. Cuando terminamos, nos quedamos en silencio en una cocina en la que cada vez había menos luz natural.

Y entonces la besé: me lancé sobre ella, que quiere decir que di dos pasos hacia ella sin que tuviese tiempo de reaccionar, y junté mis labios a los suyos; sus labios, que de tan finos, parecían inexistentes. Era como si estuviera a besar directamente sus encías desnudas, todavía con el sabor del té y el pastel. Luego ella me apartó, con una furia tensa de la que nunca imaginé que fuese capaz, y corrió a encerrarse en su cuarto, sin dejar de limpiarse la boca con el mismo pañuelo que había usado para secar los platos, y repitiendo, para sí y para el mundo: “Repugnante, repugnante, ¡repugnante! ¡Qué asco!”.

Naturalmente, después de aquello no volví a pasar por su casa a tomar café, ni a comer pasteles, ni a comprobar que no se hubiera caído en la ducha; eso también me hizo sentir culpable pero no tanto como para afrontar la vergüenza de volver a encararla. Sin embargo, tengo que confesar que a veces apagaba la luz de mi cuarto y con la persiana medio bajada la espiaba a través del patio, intentando adivinar los movimientos con los que se iba poniendo y quitando combinaciones, camisones, batas, sujetadores.

Un par de meses más tarde me mudé a otro apartamento, por razones que ahora no vienen a cuento, y no volví a saber qué fue de ella. No me sorprendería que hubiera muerto, pero tampoco me sorprendería saber que esa mujer no morirá nunca.

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