Los invasores (3): Don de lenguas

Era inevitable que con el tiempo hubiera algún contacto entre nosotros, los del pueblo, y ellos, los invasores. Las mujeres que bajaban a lavar la ropa al río coincidían, no pocas veces, con las mujeres de ellos que estaban también lavando o lavándose, entre gritos, juegos y salpicaduras de agua. “Qué asco”, nos decían al volver al pueblo, “a saber cómo están dejando el agua después de eso”.

Una de las cosas que más nos llamó la atención durante estos primeros encuentros era la lengua que hablaban los invasores: no se parecía en nada a la nuestra, ni a ninguna que hubiéramos oído en boca de ningún comerciante, predicador o peregrino que hubiera pasado antes por nuestro pueblo. Era una lengua llena de silbidos y chasquidos, una lengua como la de algunos animales, como la de las serpientes por ejemplo. Parecían hablar entre sí como las serpientes husmean una presa en una pradera por la noche.

No había forma de comprender aquella lengua, ni forma de aprenderla; y sin embargo, al cabo de unas semanas notamos que el bobo de Aurelio había empezado a imitar esos sonidos con una maestría admirable, sobre todo para alguien de su corta inteligencia. Nuevamente los invasores venían a asombrarnos y a confundirnos con sus artimañas: enseñar a un bobo una lengua imposible, una lengua que ninguno de nosotros podía ni siquiera acercarse a entender.

Empezó entonces a decirse en el pueblo lo siguiente: que si nuestra lengua, la lengua de todos los días, era la lengua de los hombres, y el latín que el cura hablaba en la iglesia los domingos era la lengua de Dios, ¿a lo mejor esta lengua reptiliana y confusa que usaban los invasores no era otra cosa que la lengua del diablo? Decidimos entonces preguntarle al cura, que no nos dijo ni que sí ni que no, y se limitó a prevenirnos contra las trampas que el demonio nos tiende, que están por todas partes.

Por si acaso, los del pueblo decidimos entonces no aprender ni una sola palabra de aquella lengua infernal de los invasores: si querían relacionarse con nosotros, tendrían que aprender nuestra lengua, que para eso estaban en nuestra tierra.

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