Homenaje a la torre del homenaje

En 1883 el alcalde de nuestro pueblo, Alcolea del Cerro, era Zacarías Romero del Río, liberal por afiliación aunque de costumbres e ideas bastante conservadoras. Era un hombre ególatra, y un poco autoritario, pero no especialmente malo, y no usaba su poder (que era mucho mayor que el que le concedía la alcaldía, naturalmente) para amargar la vida de los otros, sino, como mucho, para engrandecer su propia leyenda y la de su pueblo.

De esa megalomanía magnánima nació precisamente su gran proyecto como alcalde: construir un castillo medieval en el pueblo, que contribuyese a realzar el nombre de Alcolea del Cerro más allá de sus límites, e incluso más allá de nuestras fronteras. Es importante notar la diferencia: Zacarías Romero del Río no quería contruir un castillo neogótico, sino uno gótico, medieval, antiguo. Quería construir en el siglo XIX un castillo del siglo XIII. Así, usando los dineros del ayuntamiento, y también buena parte de la fortuna familiar (es díficil en esto tener algo que reprocharle), envió partidas de carreteros por los caminos para encontrar ruinas de torres abandonadas y ermitas desconocidas, y traer al pueblo tantas piedras medievales como fuera posible.

La construcción de la torre empezó en septiembre de 1885. Era la idea construir en lo alto del cerro una torre cuadrangular de tres plantas, terminada en otras cuatro torres circulares más pequeñas con almenas y troneras; pero cuando la construcción estaba ya terminada en sus tres cuartas partes, al alcalde le pareció que estaba quedando demasiado bien, demasiado perfecta para ser medieval, y obligó a que derribasen una de las paredes, abriesen un boquete en el muro principal y usasen las piedras restantes para construir un amago de muralla exterior que delimitase el extremo sur de un supuesto castillo hoy desaparecido.

La obra culminó en el verano de 1887, pero Zacarías Romero todavía no estaba satisfecho. Para darle más autenticidad al conjunto, mandó instalar en el interior de la torre un rebajo de ovejas, baldear las paredes con agua sucia y lanzar piedras contra las almenas para desgastarlas, como las podría haber desgastado (esa era la idea) la lluvia, el viento o el picoteo de los pájaros. En las celebraciones del fin de año de 1887, la torre del castillo de Alcolea del Cerro lucía majestuosa, deslumbrante, falsa.

Empezaba entonces otra fase en la labor del alcalde que no era menos importante que la primera: convencer al mundo de que la torre siempre había estado allí, aunque ellos no lo supieran. Aprovechando que los tiempos le eran propicios, consiguió que un ministro de Sagasta se pasase por el pueblo, y que la Academia de Historia encargase un informe sobre el monumento. Consiguió, también, que este informe lo escribiera un historiador de su confianza, al que suministró todo tipo de pruebas falsas en la esperanza de que no se molestase en contrastarlas con documentos originales (y no lo hizo). Así, para cuado terminó la década de 1880, Alcolea tenía su torre medieval, construida oficialmente entre 1260 y 1290.

Esto a los habitantes de Alcolea les hacía mucha gracia, claro. Muchos de ellos habían participado directa o indirectamente en la construcción de la torre, y que ahora vinieran de Madrid a decirles que sin duda aquel monumento era auténtico solo les confirmaba lo que ya sabían: que en la capital no se enteraban de nada, que no se podía creer absolutamente nada que viniese de la Corte.

Pero la memoria de los hombres es frágil: para cuando murió Zacarías Romero, a los ochenta y dos años de edad, la construcción de la torre empezaba a confundirse con la leyenda. Los que habían conocido el cerro sin torre, iban muriendo; sus hijos, que habían ayudado a levantarlo, no se atrevían a contrariar a la autoridad; y sus nietos, que habían nacido ya con la torre erigida, solo querían evitar que los enviasen a la guerra colonial. ¡Qué más les daba una torre más o menos con tal de no ir a África!

Para cuando estalló la Guerra Civil, la torre de Alcolea aparecía ya en algunos manuales de historia, de arte y de arquitectura española, como “ejemplo magníficamente conservado de arquitectura militar española”. Desgraciadamente, los soldados del ejército republicano que decidieron usarla como polvorín no debían haber leído ninguno de esos libros. En la noche del 20 de abril de 1937, por motivos que se desconocen y que nunca se conocerán, el polvorín voló  por los aires, dejando la torre reducida a escombros.

Cuando Alcolea fue capturada por los nacionales, pocas semanas más tarde, la prensa franquista usó la torre como símbolo de la barbarie republicana. “Odian la gloriosa historia de España y quieren destruirla”, titulaba un periódico de Burgos. En el artículo se explicaba con todo detalle la historia de la construcción de la torre, y se la calificaba como “bastión clave en la lucha por la supervivencia de la Cristiandad”. La explosión del polvorín, que quizás se debiera a un chavalín con ganas de fumar a escondidas, lo convertían en un evento mítico, místico, cataclísmico: en un episodio más de la interminable lucha del bien contra el mal, la luz contra la oscuridad, la fe contra .

Así se cumplió y dejó de cumplirse simultáneamente el designio de Zacarías Romero: Alcalea volvió a no tener torre, pero ganó el recuerdo de haberla tenido alguna vez, aunque fuera durante cuarenta años. En el cerro pueden verse todavía hoy algunas ruinas que casi nadie sabe explicar de qué son, porque ya casi nadie lee libros de historia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s