Los otros abuelos

Mis otros abuelos vivían en Vitoria, así que los veíamos menos, y no solo porque vivieran lejos sino porque visitarlos era un calvario para nosotros: era como pasar las vacaciones en un campo minado.

Mis abuelos, estos, eran uno de esos matrimonios de ancianos que parecen encontrar un placer inigualable en torturarse mutuamente el uno al otro. Por ejemplo, mi abuelo fumaba dentro de casa, porque sabía que mi abuela no soportaba el olor a humo; no le importaba que los médicos le dijeran que se estaba matando con tanto fumar, si tenía que morirse se iba a morir matando, o por lo menos jodiendo. Mi abuela no se quedaba corta: con el pretexto de la salud ponía siempre las comidas completamente sosas, algo que mi abuelo odiaba. Si hubiera podido, les habría quitado a los alimentos cualquier rastro de sabor, aunque ella también tuviera que comer lo mismo.

“¡Esto es como comer papel!”, decía el abuelo. “Cállate y no fumes en la mesa”, la abuela. Y el uno seguía fumando por toda la casa, y la otra cociendo las cosas con agüita y nada más.

A veces no es que se quisieran atacar el uno al otro, sino que la convivencia los había hecho tan susceptibles que veían ataques por todas partes. Si mi abuelo decía, por ejemplo: “Nunca dan nada bueno en la tele”, mi abuela saltaba: “¡Siempre te estás quejando! ¡Si no fueras tan rata nos podríamos ir al cine de vez en cuando!”. A lo mejor mi abuelo solo intentaba mantener una conversación; el problema es cuando esa conversación es la misma cada tarde durante cincuenta y cinco años.

No puedo decir con seguridad que mis abuelos, estos, nos quisieran mucho a mi hermano y a mí. Quiero decir, no digo que no nos quisieran, digo que no lo sé con seguridad, porque esta especie de rencor mutuo llenaba toda su capacidad para los afectos, positivos o negativos. Cuando íbamos a verlos, que no era muy a menudo como ya he dicho, nos daban la paga, nos cebaban con comida, nos consentían todos los caprichos, como corresponde a los abuelos; pero lo hacían sin la alegría que corresponde a estos gestos, de una forma burocrática y hasta malencarada.

Mi abuelo murió antes que mi abuela, como era su deber. Y entonces se produjo esa transformación tan curiosa que se produce en tantas viudas mayores: muerto el marido, se acabó la rabia. De repente todo era “Ay, qué sola me has dejado”, “Ay, cómo te hecho de menos”, “Ay, qué bien estaba contigo”. Mi abuelo, muerto, era domesticable, se podía inventar un pasado lleno de ternura, cariño y buenos momentos compartidos. Y nosotros, los demás, qué íbamos a hacer, no íbamos a decirle: “No, abuela, no es así. Hasta el día en que se murió os estuvisteis haciendo la vida imposible, no os soportabais mutuamente”. ¿Para qué?

Mi abuela también se murió no mucho después, y para mi sorpresa fue mi madre la que heredó esa visión mítica del matrimonio de sus padres, como una leyenda oral que alguien tiene que pasar de boca en boca. “Qué felices fueron juntos”, nos decía con los ojos llenos de lágrimas, “ojalá vuestro padre y yo lleguemos a esa edad con tanto cariño el uno por el otro…” Mi hermano y yo nos mirábamos extrañados, dudando si creer a nuestra madre o a nuestra memoria, pero no decíamos nada, porque solo éramos unos niños y a los niños nunca les hace caso nadie.

 

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