Mal viento

El domingo empezó el viento del sur, y a todos nos ganó un cansancio infinito, como de final del mundo y todavía un lunes. Nos odiábamos unos a otros a puerta cerrada, porque nos escocía hasta respirar. Temblaban los cristales de tanto odio. Los niños que iban a nacer, no nacieron

Luego empezaron los incendios. Los provocaba el viento, aunque fuera una mano humana la que encendía la cerilla. Los incendios eran una acumulación de la rabia. Barrios enteros ardían.

A mí solo me apetecía coger el cuchillo más grande de la cocina y clavarlo en el vientre de alguien. Varias veces. Vísceras abiertas. Que corriera la sangre, sin motivo: las excusas se inventan más tarde.

Seguía soplando el viento. Se marchitaban las plantas, las esperanzas, los ojos. Era imposible pensar que pudiera haber un futuro después de esto. Vivíamos entre ruinas y nos quejábamos del sol o de la lluvia.

El mundo apestaba. Mi asco no se hacía más pequeño. Se acumulaban los cadáveres en las esquinas.

Pero luego cambió el viento y llegó lo que antes llamábamos primavera. Nos miramos unos a otros y dijimos: “Hola, qué tal, dónde has estado, te he echado de menos, ¿quieres bailar?”

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