Autorretrato

Soy bonito, eso es así. A veces me miro en el espejo y pienso: joder. Jo-der. Soy bonito. Me gusto.

Es verdad que por debajo de la ropa tengo la piel escamada, pero eso solo me añade brillo cuando me pega el sol. Que no me puede pegar mucho el sol porque si no se me escama la piel. Es lo que se llama una paradoja.

Por gustarme, me gustan hasta los michelines. El primero, el segundo… Al tercero ya le tengo menos cariño, y al cuarto ya prefiero llamarlo “segunda papada” para dar variedad.

Pero lo que mi cuerpo pueda negarme, mi cara me lo devueve. ¡Qué cara! ¡Qué mandíbula prominente! ¡Qué ojos como vidrieras de Chagal! ¡Qué pelo! En realidad, el pelo me tapa casi toda la cara, como a un fantasma japonés, pero eso solo añade misterio al conjunto.

Soy bonito. Soy excepcionalmente bonito. (Mi tercer brazo y mi rabo encaracolado y porcino contribuyen a la excepcionalidad).

Y por si fuera poco, este magnífico paquete contiene un regalo todavía más magnífico. No me refiero a mis atributos viriles, aunque diré que son tan grandes que me cuesta sentarme en los aviones. No, me refiero a mi mente, a mi alma, a mi espíritu. MI mente es bonita, mi alma es bonita, mi espíritu es bonito que te cagas. Que te cagas.

¿Y cómo llevo esta belleza interna y externa, preguntáis? Pues con naturalidad, con humildad, con sencillez, como corresponde a un semi-dios como yo.

Cómo me gusto. Ay, cómo me gusto. Y con motivo.

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