Vestir el traje

Lúckasz siempre iba impecable al trabajo; cuando digo impecable, me refiero a que iba incluso demasiado elegante, casi siempre de traje y cuando no de camisa y pantalón de pinzas. Yo me metía con él: “Mira el señorito burgués, dónde has dejado el bombín y la levita? ¿Has venido a la universidad en carruaje? ¡Vaya mierda de comunistas que fabrican en Polonia!” Casi siempre se reía; bueno, en realidad sonreía con paciencia y esperaba a que se me pasasen las ganas de decir bobadas. Pero un día se le terminaron de hinchar las narices.

-Ya vale, ¿no? -me dijo.

-Bueno, bueno, solo es una broma.

-Solo es una broma, los cojones. Es una broma cuando lo dices una vez, dos veces. Si lo dices siempre es una tocadura de huevos.

-Bueno, está bien, perdona, ya no lo digo más, ya está. Hala.

Pero no parecía haberse quedado a gusto, y efectivamente después de un momento de silencio siguió hablando.

-Es que para ti es muy fácil venir a clase en zapatillas y camiseta, porque tú llevas toda la vida vistiendo el traje de profesor, y yo no. Tu madre era profesora, ¿no? No, no, no te enfades, es así, no lo digo a malas, pero es así. Tu madre era profesora, tú estudiaste filología hispánica, hiciste tu doctorado, tu carrera, todo bien. La gente te reconoce como un profesor de español, no tienes que demostrar nada. Yo soy polaco. Polaco hijo de un soldador y una ama de casa (¿se dice así?), el español no es mi primera lengua y ser profesor de universidad nunca fue una opción obvia para mí. Lo obvio para mí era quedarme en Polonia y ser profesor de escuela. Por ejemplo. Me ha costado mucho llegar hasta aquí. La gente no reconoce eso. Si yo aparezco en clase con una camiseta de AC/DC, corro el riesgo de que no me tomen en serio, de que digan, ¿y este pobre hombre de dónde ha venido? ¿Quién se cree que es? Yo tengo que vestir el traje, tú lo llevas vestido desde que naciste. Para ti es muy fácil hacer bromas, porque tú perteneces a este mundo. Yo tengo que convencerles cada día de que pertenezco, de que no estoy fuera de lugar. Y créeme que cada cierto tiempo alguien me lo recuerda, con palabras o no: “Tú no eres de los nuestros”. Imagínate lo que sería si no llevara traje.

-Está bien -le contesté, avergonzado-. Lo siento, de verdad. No volveré a hacerte bromas sobre eso. No sabía que era tan importante… Perdona -repetí otra vez.

Nos despedimos tan amigos. “Gracias por entenderlo”, me dijo, y me apretó la mano más fuerte de lo habitual, que ya era bastante fuerte. “No pasa nada”; le contesté, “entiendo lo que dices, de verdad”. Lo vi alejarse por el pasillo con su andar torpe de pasos grandes.

“Este chico tiene más complejos de los que creía”, pensé mientras volvía a casa, imaginando cómo le iba a contar a Alicia toda la historia.

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