Escribir torcido

Fragmento de una crítica aparecida en Los lunes del Imparcial, 23 de septiembre de 1878. Omito el nombre del autor y el título de la obra reseñada, que son lo menos importante.

[…] Al margen de su planteamiento hiperbólico y su desarrollo inverosímil, lo que más llama la atención en la obra de O… es que escribe torcido. No quiero decir con esto, claro, que los renglones de su libro estén torcidos (en lo que más culpa tendría el impresor que el autor), ni siquiera, como algunos críticos católicos están diciendo, que escriba de manera ‘pornográfica’ o ‘inmoral’. Lo que quiero decir es que, leyendo las últimas novelas de O…, me lo imagino literalmente torcido en su silla, adoptando un escorzo imposible y sin duda doloroso, con la columna vertebral zigzagueante, la cabeza levemente inclinada hacia un lado, un hombro levantado hacia el universo, el otro encogido sobre sí mismo, una mano en el aire, la otra sobre el papel con la pluma agarrotada en una posición inverosímil…

El proceso mental de O… debe ser algo así: ‘No debe escribir derecho, en una postura normal: no debo escribir como yo soy, con naturalidad o sencillez. Eso no es lo que los poetas hacen. Debo escribir bonito, y escribir bonito exige dolor del cuerpo y del alma, sufrimiento interior y exterior. Yo no soy capaz de escribir así. Debo colocarme antes en un lugar extraño a mí, más elevado y difícil, y desde allí elegir las palabras que más convengan a esta postura extraña y desconfortable. Debo encogerme y estirarme al mismo tiempo, retorcerme y buscar una pose propia de un poeta, no de un hombre. Solo así llegaré a alcanzar los reinos del Arte’. (No tengo dudas de que O… escribe Arte con mayúscula, porque así se lo he visto escribir en más de una ocasión.)

Pues bien, querido O….: tengo un consejo que darte y que tan libre eres de seguir como de no seguirlo. Siéntate bien. Endereza la espalda. Pon la silla alineada enfrente de la mesa. Baja esa mano, que en el aire no hace nada. Apoya, si quieres, la quijada en la palma de la mano: vas a estar en esta posición mucho tiempo, es mejor que no te canses. Coge, sí, la pluma en la mano, pero de una forma natural, sencilla, que parezca una prolongación de ti, y no un apéndice que se te ha clavado como un anzuelo al pez. Y, ahora sí, escribe. Escribe como eres, como quien eres. No trato de decirte que escribas sencillo, ni que escribas como los románticos o como los realistas, como Victor Hugo o como Balzac. Escribe como te venga en gana, pero como a ti te venga en gana, no como les venga en gana a los lectores, a los críticos ni a los siglos venideros de la fama.

Querido O…: escribe cómodo. No escribas bonito: escribe bien. Tus lectores y tu espalda te lo agradecerán.

A consecuencia de esta reseña, el escritor y el crtíico se batieron en duelo con pistola a las afuras de Madrid. Sabemos que los dos sobrevivieron, porque O… siguió publicando novelas y el crítico siguió criticándolas con aspereza; pese a todo, se aprecia en las obras posteriores del novelista una mayor sencillez formal y estilística, lo que puede deberse a las críticas recibidas o a una lectura bien aprovechada de Flaubert.

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