Los invasores (1): Llegan

Los invasores llegaron un domingo por la mañana. (No les llamábamos invasores entonces, porque no sabíamos que lo eran, lo que eran). Desde el principio nos causó mala impresión que llegaran un domingo, a la hora de misa. ¿Qué clase de personas eran estas, que no respetaban el día del Señor? Llegaron en un grupo grande, unas cuarenta personas, algunas a pie y otras a caballo. Hombres sobre todo, algunas mujeres, pocos niños. Se instalaron junto al río, entre los sauces, aprovechando que era primavera y que no necesitaban abrigarse contra el frío o la lluvia.

Desde la distancia los observamos instalarse: tenían la piel más oscura que nosotros, y el pelo negro y abultado. Eran grandes; no altos: grandes. Incluso las mujeres tenían brazos fuertes y espaldas anchas, como de cortar leña o cargar agua. O manejar armas. Sus ropas eran coloridas y amplias: se movían por su campamento rápidos como hormigas y la confusión de colores casi daba dolor de cabeza. (Nosotros solemos vestir con ropa de paño o cuero, porque es lo que tenemos a nuestra disposición, y además, ¿para qué querríamos vestir de otra forma?)

No era muy normal que por nuestro pueblo pasaran visitantes por el pueblo, pero tampoco se puede decir que fuera completamente inusitado. No hacía ni dos meses que habíamos recibido a un grupo de predicadores franceses, muy simpáticos pero muy poco convincentes; nos atraviesan con cierta frecuencia hordas de caballeros con armaduras luminosas y espadas brillantes que van a luchan en la guerra del sur, o grupitos de caballeros con armaduras abolladas y espadas mochas que vuelven al norte; los juglares y los comerciantes de sedas, perfumes y joyas también son habituales, en su camino hacia la feria de Medina o alguna otra. No hace ni un año que se dejaron caer por aquí unos peregrinos que buscaban Santiago de Compostela. Les dijimos que esto era Santiago de Compostela, que ya habían llegado; se quedaron muy decepcionados, nosotros nos reímos mucho.

Pero estos visitantes (los que luego conoceríamos como “invasores”) eran otra cosa: no parecían estar de paso, ni estar perdidos. Habían descargado sus mulas y las habían atado a los árboles; habían desempaquetado sus hatillos, habían ordenado sus bártulos en círculo y habían colgado de los troncos hamacas de tela para los niños y los ancianos. No hace eso quien espera mejores vientos para levantar el ancla. No, los invasores no estaban de paso: habían llegado adonde querían llegar, y estaban dispuestos a quedarse.

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