Cartografía y espeleología

La piel de Alicia estaba llena de accidentes: un grano aquí, una peca allá, un lunar abultado acullá, una mancha de nacimiento en la pierna o en una nalga… (Naturalmente, “llena de accidentes” es una exageración: no tenía más irregularidades que cualquier otra piel de cualquier otra persona del mundo, incluido yo). En las largas horas perdidas de los domingos, o por las noches antes de dormir mientras ella veía la televisión, yo me dedicaba a explorar su cuerpo con una pasión cartográfica desmedida. A Alicia le molestaba que anduviera recorriéndola como nómada bereber mientras intentaba concentrarse en un libro o en una serie, pero tampoco le gustaba que lo hiciera cuando estaba dormida así que no me dejaba muchas alternativas.

No era fácil, la labor de exploración, si quería ser minuciosa, y esa era sin duda mi intención. Era necesario dividir el territorio y dedicarle el tiempo necesario a cada región autónoma. Una mano era abarcable, un brazo comenzaba a exigir por lo menos un campamento base en el codo. Surgía además la posibilidad (la necesidad) de hacer estudios comparativos y genealógicos: ¿Era más suave la piel de la mano izquierda que la de la derecha? ¿Tiene este lunar de la planta del pie derecho su equivalente en el lado izqueirdo, y si no lo tiene, cuáles son las causas de esta asimetría? ¿Genéticas, históricas, culturales? Cariño, ¿cómo te hiciste esta cicatriz en la espinilla? ¿Te duele?

No bastaba con la vista: un adecuado conocimiento del cuerpo de Alicia exigía la implicación de todos los sentidos. Para conocer esa piel había que verla, tocarla, olerla, lamerla y anotar mentalmente los matices de cada una de estas percepciones. Si produjera sonidos, habría que escucharlos y grabarlos, digitalizarlos, analizar su espectro de frecuencias, transformarlo en sample para música electrónica. (Las zonas más cosquillosas eran las más difíciles de conocer, por motivos obvios).

Tuve, por momentos, el miedo de que un día se me agotase el cuerpo de Alicia: que llegase a conocerlo tanto que ya no contuviera sorpresas. Pero después de un tiempo comprendí que esto era imposible, no solo porque el cuerpo de Alicia era un ser vivo y cambiante (un grano desaparece de un hombro y aparece en el otro, el pelo crece, se corta y vuelve a crecer, la piel se oscurece con el sol y se aclara con el invierno, ¿esta estría ya estaba aquí antes?, cállate, idiota), sino también porque, como la costa de Inglaterra que nadie sabe cuánto mide, la piel de Alicia también tenía una extensión ilimitada. Siempre era posible observarla más de cerca, más de cerca, más de cerca, y entonces los poros se convertían en simas gigantescas, abismos insondables, todos diferentes y todos inabarcables. Pasábamos así de la cartografía a la espeleología, pero de mis exploraciones por otros de los orificios de la piel de Alicia no diré nada por vergüenza.

Ya he dicho que Alicia ofrecía cierta resistencia a mis exámenes, por la incomodidad física que supone que alguien te olisquee la parte de detrás de la rodilla mientras intentas leer a Dostoievski, pero también por otra incomodidad más metafísica: se negaba, creo yo, a ser cosificada. “No soy (solo) mi cuerpo”, podría traducirse, o bien “no soy un objeto que espera a que tú lo (re)conozcas”, o también, por último, “¿por qué no te buscas un hobby y me dejas leer en paz?”. A lo mejor por eso, como forma de venganza o de retribución, un día Alicia dijo: “Ahora me toca a mí”, y se dispuso a explorarme centímetro a centímetro mientras yo intentaba ver un apasionante Fulham – Manchester United en el ordenador. Yo me negué, claro: yo tampoco soy (solo) mi cuerpo, y quería que Alicia siguiera imaginándome perfecto o  por lo menos misterioso. O a lo mejor es que no quería que ella supiera quién soy en realidad.

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