El increíble hombre piano

A Antonio Lucas Ortiz le cayó un piano en la cabeza y no le mató, lo que ya de por sí es bastante increíble. Estaban elevando el piano hasta un tercer piso, al que acababa de mudarse una nueva vecina que estaba en séptimo curso en el conservatorio, cuando una cuerda de las que sujetaban el piano se soltó, o se rompió, o la rompieron (esto en la realidad no pasa nunca, solo pasa cuando hace falta que pase por algún motivo), y cayó desde la altura del segundo piso, directo encima de la cabeza de Antonio Lucas Ortiz. Y no le mató.

En el momento de ser aplastado, o mejor, achatado por un piano, Antonio Lucas Ortiz tenía una prometedora carrera política por delante, pero después del accidente su partido decidió que un político con la cabeza abierta no tenía mucho futuro. De nada sirvió que Antonio siguiera manteniendo intactas sus capacidades lingüísticas y razonadoras: política, en el siglo XXI, es imagen, y lo cierto es que Antonio daba una imagen extraña, desagradable pero al mismo tiempo hipnótica: varias de las teclas del piano (tres blancas y dos negras) se habían quedado firmemente alojadas en su cráneo, y los médicos decían que era mejor no sacárselas para no provocar una hemorragia.

En contra de lo que pudiera pensarse, el increíble hombre piano (así le empezó a llamar la prensa una vez que se les salió el susto del cuerpo) no era capaz de producir música con la cabeza. Algunas personas decían escuchar un zumbido, como de cuerda muy tensa, cuando Antonio se enfadaba por algo, pero obviamente se trataba de mera sugestión, porque en la cabeza de Antonio no había cuerdas, sino solo teclas, y como todo el mundo sabe a estas alturas lo que produce el sonido en un piano es el golpeo del martillo contra la cuerda, el cual a su vez es provocado por la presión del dedo sobre la tecla. Sin martillo ni cuerda, no hay sonido. (Bueno, cuando Antonio se rascaba la cabeza producía un desagradable sonido de frotamiento resbaladizo, como de tiza en pizarra, pero ese es otro asunto).

Ya he dicho que la imagen de Antonio, el hombre piano, era a la vez desagradable pero a la vez hipnótica. El golpe del piano le había dejado la cabeza achatada, oblonga como un dirigible, y el impacto había hecho que se le saliera una parte de la masa encefálica por las orejas. (Dicho así suena muy desagradable, pero si digo que se le veían los sesitos como si fueran pendientes ya parece menos.) De hecho, a pesar de lo extraño de su aspecto, a Antonio no le faltaban pretendientes, masculinos y femeninos. Contribuía a ello sin duda su celebridad, que le hacía aparecer con regularidad en la portada de publicaciones del corazón, y que lo llevó a convertirse en firme candidato a ser el primer candidato independiente en alcanzar la presidencia del gobierno del país.

Lamentablemente, también esta segunda carrera política se vio truncada, no por consecuencias físicas del pianizaje, sino porque uno de sus antiguos correligionarios políticos, quizás por celos o quizás por indisposición estomacal, le pegó dos tiros a bocajarro a la altura del corazón. Tampoco de esta vez Antonio Lucas Ortiz consiguió morirse buenamente, aunque se quedó sinceramente bastante perjudicado. Apenas conseguía hablar y cuando lo hacía sonaba como una gaita gallega en día de resaca.

La tercera esposa de Antonio, el increíble hombre piano, lo apoyó mucho en esta difícil tesitura, quizás porque, siendo música de profesión, era capaz de amar en él lo que había de hombre, y lo que había de instrumento musical. Tuvieron tres niños, y a pesar de lo que la prensa muy morbosamente esperaba, ninguno de ellos nació con ni con una púa ni con un traste ni con un arco ni con una lengüeta en ninguna parte de su cuerpo. Guapos no eran, porque de donde no hay no se puede sacar, pero sí normales.

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