La pureza en la vida es imposible

Un domingo mientras comíamos y hablábamos de cualquier otra cosa sin importancia miré a Alicia a los ojos, de hito en hito como se decía antes, y le pregunté:

-¿Eres feliz?

-¿Qué?

-Que si eres feliz…

Alicia se quedó sorprendida y tardó un poco en contestar.

-No -dijo.

-¿No?

-No, nunca.

La miré, esperando que se echase a reír y me dijese que era una broma, que claro que era feliz conmigo, pero ella me sostuvo la mirada y sonrió como diciendo: ¿qué quieres que te diga?

(Esto era cuando llevábamos juntos cuatro meses o así, y yo habría jurado que estábamos en la cumbre de toda nuestra buena fortuna).

-¿Y tú, eres feliz? -me preguntó Alicia de vuelta.

-Sí -contesté sin pensar, casi con orgullo y casi con rabia. Pero luego, después de pensarlo un momento añadí, corrigiéndome:- Moderadamente.

-¿Moderadamente?

-Sí, moderadamente.

Ahora fue Alicia la que me miró fijamente intentando leer algo más en mí, y ahora fui yo el que le sonreí con una cierta tristeza, como diciendo: ¿qué quieres que te diga?

No hablamos más del tema. Esa tarde la pasamos montando unas estanterías del IKEA, y luego nos fuimos al cine a ver una película de superhéroes.

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