Juegos con el abuelo

Mi hermano y yo pasábamos mucho tiempo en casa de los abuelos, porque nuestros padres trabajaban los dos: nos recogían después del colegio e íbamos a su casa a merendar y a pasar la tarde. La casa de mis abuelos estaba en el Casco Viejo: era una de esas casas antiguas con escaleras torcidas de madera y olor a humedad. Tenía un pasillo larguísimo que habría sido perfecto para hacer carreras o jugar al fútbol, pero mi abuela no nos dejaba. Que le manchábamos las paredes, decía. Que despertábamos al abuelo.

Despertar al abuelo: ese gran miedo de la infancia.

Mi hermano y yo jugábamos por lo tanto en la salita con los juguetes que mis abuelos nos daban, y otros que íbamos llevando nosotros de casa. Empezábamos jugando bajito, construyendo castillos o pintando caballos en hojas de papel, pero poco a poco (éramos niños, al fin y al cabo) se nos olvidaba que había un mundo a nuestro alrededor y pasábamos a hablar cada vez más alto, a gritar, a correr, a saltar, a darnos golpes en la cabeza.

Y despertábamos al abuelo. Y el abuelo, cuando se despertaba, tenía un genio terrible. Aparecía en la puerta del cuarto, con la cachava en la mano, y nos amenazaba con darnos una tunda si no nos callábamos.Y aunque queríamos mucho al abuelo y hasta nos daba un poco de miedo, no podíamos evitar reírnos. El abuelo daba entonces unos gritos desproporcionados que nos quitaban las ganas de reír. Aprendimos muchas palabras nuevas gracias al abuelo, palabra que mamá no nos dejaba repetir en público.

Entonces empezaba para nosotros otro juego nuevo, divertido pero terrorífico, que era escapar del abuelo corriendo, ahora sí, de un lado a otro del pasillo. La puerta de la casa estaba cerrada con llave; si no, seguro que habríamos salido a la calle y no habríamos parado de correr hasta llegar a casa, al colegio o a algún otro sitio conocido y seguro.

En realidad, cuando el abuelo nos atrapaba no nos hacía nada, aparte de gritarnos. Era más grande el miedo al castigo que el castigo mismo. Lo que hacía la abuela era peor: se nos quedaba mirando, desde arriba, con cara de decepción y moviendo la cabeza de un lado para otro. “Mira que os lo he dicho”, nos decía, “algún día la vamos a tener. Cuando se lo cuente a vuestros padres… qué decepción más grande se van a llevar”.

Con tanta culpa acumulada, a mi hermano y a mí se nos quitaban las ganas de jugar; nos sentábamos cada uno en una butaca del salón en silencio, mirándonos la punta de los zapatos. Pero enseguida se nos pasaba: mi hermano ponía una cara rara, yo le sacaba la lengua, él me tiraba un puñetazo en el hombro, yo gritaba y otra vez estábamos tirados por el suelo, corriendo, saltando, dándonos golpes en la cabeza.

Luego mis padres venían a buscarnos, y preguntaban: “¿Qué tal se han portado?” Y mi abuela decía: “Muy bien, muy bien, son dos angelitos…”, o algo de ese estilo. Y mi hermano y yo sonreíamos como si efectivamente nunca hubiéramos roto un plato.

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