La fumadora (cuentos de terror lisboetas, 4)

A veces, al salir del trabajo, a Julián le gustaba ir al mirador de Santa Catarina a tomar una cerveza y relajarse mirando al horizonte. Le hacía bien, el relajaba, le reconstituía. Julián trabajaba como informático en un banco, y a veces se sentía solo entre tanta gente de números. Los informáticos, pensaba él, en realidad son personas creativas; no demasiado diferentes de los artistas, los escritores, los músicos. Por eso le gustaba ir al mirador de Alcántara, donde se juntan los hippies, los Erasmus, los rappers, los alternativos de Lisboa a tocar música, fumar porros y ver anochecer. Se sentía un de ellos, aunque fuera más viejo, y más rico, y más culto y más maduro que todos ellos, claro.

Aquella noche no había sitio en las mesas del kiosko, así que Julián se sentó en uno de los escalones de las gradas del mirador. Alguien tocaba bongos; empezaba a caer el sol.

De repente una sombra se interpuso entre él y el paisaje.

-Perdona, ¿tienes fuego? -le preguntó una voz en inglés.

Era una chica, una chica joven, rubia de ojos claros, con rastas, vestida con una camiseta multicolor y pantalones pirata muy anchos.

-Claro -contestó Julián, rebuscando en sus bolsillos. Siempre llevaba un mechero encima, aunque no fumaba, precisamente por si alguna vez se veía en esta situación. Y hasta ahora nunca se había visto en esta situación.

-¿Te importa que me siente aquí mientras me hago un porro? -volvió a preguntar la chica.

-Claro que no.

Era hipnótico ver sus manos en funcionamiento: el tabaco, el costo, el papel, el filtro; ni siquiera necesitaba mirar para seguir cundiendo, liando, enrollando.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó a Julián.

-Julián.

-Qué casualidad, yo me llamo Julia.

Lo pronunciaba con una jota muy suave, casi como “shulia”; un sonido casi arrullador, como un silbido.

-¿De dónde eres? -preguntó Julián, mientras Julia encendía el porro.

-¿Para qué necesitas saberlo?

-No lo necesito… es por curiosidad, por hablar de algo.

-Soy de todas partes. Todos somos de todas partes -contestó por fin Julia, soltando el humo de la última calada mientras hablaba. Luego le ofreció el porro a Julián.- ¿Quieres?

-No, no, gracias.

Julián no solía fumar, no le caía bien. En realidad, Julián era bastante puritano, mucho más conformista de lo que se atrevía a reconocerse a sí mismo.

-¿Y llevas mucho tiempo en Lisboa?

-Llegué ayer. Quería quedarme por aquí una temporada, esta ciudad es tan increíble…

-Sí que lo es.

El humo de la siguiente calada salió de la boca de Julia directamente hacia la cara de Julián. Debió ser un accidente: Julia estaba mirando a Julián a los ojos, sonriéndole y el humo simplemente fue en esa dirección. Como también debió ser sin duda un accidente que la camiseta de Julia se abriese ligeramente al inclinarse hacia adelante.

-Estoy viajando por toda Europa -siguió hablando Julia-, sobre todo por el sur. Italia, Francia, España… Esto es el sentido de la vida para mí: viajar, conocer gente, tener experiencias, ¿no crees?

Otra bocanada de humo se metió en los ojos de Julián, que tuvo que parpadear rápido para despejarlos. Esta vez no podía haber sido un accidente, pero tampoco podía haber sido a propósito. ¿O sí?

-Hay que vivir más la vida, dejarse llevar más. Vivimos demasiado preocupados, demasiado reprimidos, ¿no te parece?

A Julián las cosas empezaban a dejar de parecerle: se sentía mareado, confuso.

-Nos olvidamos de que la vida es esto: ser felices. Yo solo quiero ser feliz, y hacer feliz a quien esté conmigo.

En la cabeza de Julián empezaron a formarse imágenes: imágenes de él y de Julia viajando por el mundo, en hoteles, aeropuertos, estaciones de tren, en París, Nueva York, Buenos Aires, juntos y felices.

-Vivimos tan preocupados por nuestras obligaciones que no nos acordamos de que la principal obligación es la felicidad.

Sí, Julián lo veía, lo veía claro. Dejar el banco, dejar el trabajo, era lo que tenía que hacer. Dejarlo todo y vivir, vivir con Julia (shulia) lo que tuviera que venir. Lo que ella quisiera. Estaba eufórico. Una tercera, cuarta o quinta bocanada de humo le golpeó, y esta la absorbió hasta el fondo

-Tenemos que escuchar más a nuestro cuerpo, lo que nuestro cuerpo necesita, lo que nuestro cuerpo desea.

Las imágenes en la cabeza de Julián cambiaron: seguía estando con Julia, en hoteles, en aeropuertos, en estaciones de tren, pero ahora estaban desnudos, abrazados, sudorosos. Se imaginó a sí mismo mordiendo ese cuerpo que por ahora solo se insinuaba debajo de la camiseta; se imaginó a sí mismo siendo mordido en lugares insospechados.

Julia seguía hablando, pero Julián ya no escuchaba nada. Estaba perdido en sus pensamientos, inhalando el humo de segunda boca, observando a Julia hablar, como hipnotizado. Sí, sería feliz si ella lo hipnotizase y lo convirtiese en su acompañante, en su servidor, en su esclavo…

-Oye, ¿podría quedarme a dormir esta noche en tu casa?

-Sí -estuvo a punto de contestar Julián, casi gritando-, ¡sí!

Pero no contestó eso, porque en ese momento, con una nueva bocanada de humo llenándole los ojos, Julián creyó ver algo: creyó ver cómo las rastas de Julia se transformaban en otra cosa, y cómo sus uñas y sus dientes no eran normales o por lo menos no normales para ser humanos, y cómo detrás de sus ojos se agitaba un ente oscuro y antiguo que era mejor no conocer más de cerca.

-Lo siento -contestó por fin-, pero no puede ser. No vivo solo, tengo que madrugar, mi casa está muy lejos, está hecha un desastre, lo siento, lo siento.

Julia, vuelta a su apariencia humana y nórdica, parecía sorprendida, decepcionada, humillada incluso.

-Creía que estábamos conectando…

-Lo siento, lo siento -repitió Julián, y salió prácticamente corriendo mirador arriba.

Al día siguiente intentó explicarle a un compañero del trabajo por qué había rechazado a una chica joven y preciosa que quería irse con él a casa, pero el otro idiota, claro, no lo entendió.

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