La invasión (cuentos de terror lisboetas, 3)

Extractos escogidos del diario del Resistente, tal y como fue originalmente publicado (Edições Pingo de Sangue, 2022).

Abril

Han llegado los primeros: los primeros del año. Por ahora son pocos, es fácil esquivarlos, ignorarlos, basta con evitar las zonas por las que suelen merodear. Yo ya he desarrollado un instinto especial para no cruzarme con ellos: cuando oigo a lo lejos sus gritos de guerra (“pasteles de Belém, pasteles de Belém, Gulbenkian, fado…”) me giro y huyo en dirección contraria.

Este año estoy convencido de poder sobrevivir a la invasión. Sí, estoy convencido: este año no conseguirán arrebatarme, arrebatarnos la ciudad.

Mayo

Hoy he tenido el primer encuentro cara a cara con un batallón de invasores; he escapado por los pelos. Iba por la rua Conceição y los he visto venir de frente. Los guiaba una mujer, supongo que de rango superior, con una banderita de su país levantada sobre su cabeza. Iban diciendo “vingt-huit, vingt-huit, vingt-huit”, que en su lengua debe querer decir “matar, destruir, saquear”.

Exhibían orgullosos el uniforme de guerra de los invasores: calzado cómodo, pantalones cortos, mochilas o riñoneras, camisetas turísticas, camisas de colores chillones, gorras contra el sol. En sus manos, los manuales del buen invasor, y sus maléficas cámaras fotográficas con las que capturar sus despojos de guerra.

Eran demasiados, no podía enfrentarme a ellos. Me he escurrido por la rua da Prata en dirección a la Praça da Figueira, y después he corrido colina arriba para encerrarme en casa.

Junio

Ayer cogí el tranvía para volver a casa. Un error que pudo costarme caro: debería haber sabido que el tranvía es el medio preferido de los invasores para moverse por Lisboa. Me he dado cuenta de mi error demasiado tarde: nuevas oleadas de invasores me empujaban hacia el fondo del

Mi única esperanza era camuflarme entre ellos, parecer uno de ellos, porque ¿qué no me harían si descubren que soy un local? Me interrogarían, me asarían a preguntas sobre sitios para comer, para visitar, para hacer compras, para conquistar en una palabra; me secuestrarían para estudiar mis costumbres más pintorescas; me diseccionarían para ver si por dentro estoy hecho de cuerdas de guitarra portuguesa, azulejos y gallos de Barcelos.

He intentado imitar su comportamiento en todo lo posible: he abierto mucho los ojos y la boca, he sacado la cabeza por la ventanilla (con grave riesgo de perderla contra una señal de tráfico), he fingido admiración y miedo cuando el tranvía ha pasado por las calles más estrechas, me he puesto el teléfono móvil delante de la cara y he hecho “clic” (aunque mi móvil no tiene cámara, pero ellos no lo saben).

Los tenía tan cerca que podía olerlos, podía oler sus olores venidos de todas partes del mundo. Me rozaban con sus codos, me pisaban, me decían “sorry”, “pardon”, “scusi”, “perdona, quillo”. Los muy bárbaros.

Finalmente hemos llegado a Graça y he podido bajarme, todavía disfrazado de invasor. Me he acercado al mirador a tomar una cerveza para tranquilziarme, pero estaba tan nervioso que me he tirado en cima más de la mitad.

Julio

Estoy solo en mi lucha, ya lo he comprendido. No es solo que el Gobierno no saque a la calle a la Guardia Nacional o al Ejército, o que no arme a la población civil; es que la población civil parece haber asumido la invasión con resignación y

Ayer fui a cenar con unos amigos cerca de Campo Pequeno (zona relativamente segura por ahora). Cuando terminamos de cenar, uno de los invasores se me acercó y me dijo, en español: “Perdona, ¿podrías hacernos una foto?”. Y aunque lo dijo en español y aparentemente el significado era evidente, yo sabía que el verdadero significado profundo de esa pregunta era: “¿De verdad crees que tienes alguna posibilidad de derrotarnos?”.

Así que le dije que sí, cogí su cámara y la estrellé violentamente contra el suelo. Se hizo pedazos; bueno, en realidad se le rasgo el visor y se le saltaron unos cuantos botones, no fue para tanto. Pero el invasor se puso furioso, no paraba de gritarme y quería hasta cogerme de las solapas. Éramos más, podíamos haberles vencido, esa podía haber sido la Covadonga de nuestra reconquista de la ciudad.

Pero, alas, mis amigos se pusieron de parte del invasor. Que qué había hecho, que a ver si estaba loco, que qué me había dado. Así que me disculpé con él, me disculpé con mis amigos, me disculpé con el mundo y en cuanto pude me fui a casa a pensar en una nueva estrategia para recuperar Lisboa de manos de los invasores. Yo solo.

Agosto

Hemos perdido Belém, la Baixa, el Bairro Alto y una parte de la Avenida Liberdade. A Alfama solo se puede ir durante el día: por la noche los invasores campan a sus anchas. Los invasores llegan en aviones, en autobuses, en barcos, en coches, día y noche, a todas horas siguen llegando. Su estrategia son los números, eso está claro. Pululan por todas partes, irreconocibles, idénticos, intercambiables. El mundo se va haciendo cada vez más pequeño.

Si planeáramos ahora una estrategia, si nos agrupásemos todos en Almirante Reis (zona a la que no se aproximan ni por equivocación, o mejor dicho, solo por equivocación) podríamos cargar avenida abajo, entrando por Martim Moniz, Figueira, Rossio, y dividirlos, partirlos en dos: a un lado los de Alfama, al otro los de Bairro Alto. Y así podríamos recuperar lo que es legítimamente nuestro.

Pero no me engaño: la invasión, la infección está ya demasiado extendida. Los resistentes, si es que hay más como yo, estamos aislados, incomunicados, impotentes. Y los invasores se están comiendo todos nuestros pasteles de nata.

Septiembre

Dios mío, están aquí. Están aquí. Han descubierto Graça, el mirador de Nossa Senhora do Monte, mi último reducto. Antes solo pasaban con sus ojos abiertos y sus manuales de combate: incursiones de exploración. Pero ahora están aquí para quedarse. Ha ocupado el mirador, las cafeterías, el supermercado. Están por todas partes. Intento salir a la calle y ahí están, sentados frente al portal. Me preguntan: “Which is the way to the castle?”, que es su forma de preguntarme: “¿Por qué te resistes todavía?”

Les cierro la puerta en las narices y vuelvo a subir las escaleras. Me resigno a no salir de casa: puedo comprar comida y agua y gas y libros por internet o por teléfono. Desde mi ventana puedo espiar con unos prismáticos la evolución de la invasión en las calles. Calculo que podré aguantar así hasta noviembre, antes de volverme loco. Para entonces, todo habrá terminado, para bien o para mal.

No pueden conquistar Graça también; no, por dios, Graça no. Si conquistan Graça, todo está perdido. Si conquistan también Graça…

El diario del Resistente se interrumpe abruptamente aquí. Para quienes conocemos el desenlace de la invasión de Lisboa, los motivos son bastante evidentes…

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