El profesor (cuentos de terror lisboetas, 2)

Tenía una reunión con un catedrático de historia, para hablar de una posible colaboración en un proyecto. La verdad, estaba nervioso, porque era un catedrático a la antigua usanza: profesoral, mayestático, un poco autoritario incluso. No nos conocíamos, solo habíamos hablado antes por email para concertar la reunión. Además, ya llegaba atrasado por culpa de una huelga en el metro. Solo así se entiende que en el momento de entrar en su despacho y darnos la mano le saludase con un totalmente inapropiado “Hola, qué tal estás”.

Inmediatamente supe que había cometido un error gravísimo, según los estándares de corrección portugueses. Cuando nos sentamos en la mesa intenté arreglaro. “¿Cómo está usted?”, le pregunté. Pero claramente no era suficiente. Vi su cara oscurecerse de indignación, hinchársele las venas del cuello, marcársele las mandíbulas apretadas debajo de la piel.

-Espero que el profesor me perdone -insistí.

Pero tampoco era suficiente. Estaba claro que el enfado del catedrático iba en aumento. ¿Parecía más grande? Sí, definitivamente parecía más grande ahora que se había apoyado en la mesa con los dos codos y me miraba con unos ojos que detrás de las gafas parecían salirse de las órbitas.

-Señor profesor, he venido…

Creo que ya no me escuchaba. Se le iban agigantando los hombros, las espaldas, juraría que las manos se hacían más grandes y se llenaban de pelo.

-Excelentísimo profesor doctor…

Pero ya no había forma de parar el proceso. El cuerpo del catedrático seguía creciendo, adquiría proporciones sobrehumanas. Casi se podía oír el ruido de su piel al tensarse, como un globo que se hincha. La silla empezó a crujir debajo del peso; el catedrático se puso de pie, por miedo a caerse o porque sus piernas, anchas como barreños, no podían soportar estar dobladas por más tiempo. Su cuerpo era ya una masa de carne descomunal, que se extendía desde la mesa hasta la ventana.

-Excelentísimo señor profesor doctor, perdóneme…

Yo también me levanté de la silla y retrocedí. Uma mano (pesada como una pala de excavadora) golpeó la mesa haciéndola añicos. La cabeza del catedrático era ya del tamaño de un frigorífico grande, el pelo le colgaba a los costados como lianas, las cejas eran junglas tupidas, había pájaros anidando en ellas. Y seguía creciendo, creciendo, creciendo, parecía a punto de explotar pero nunca explotaba. Su tripa se extendía hacia delante, cortándome la retirada. Era la personificación de la ira. Sus dientes: de sus dientes no quiero, no puedo acordarme sin gritar.

-Ilustrísimo atque reverendísimo maestro -intenté, desesperado.

La furia del catedrático, en su materialidad expansiva, ocupaba ya toda la habitación. Yo me había visto reducido a un rincón, donde agachado intentaba alejarme (sin conseguirlo) de toda esa carne sudorosa y temblante. Tenía la cara del profesor a pocos centímetros de la mía. Entonces la acercó (o su cuello creció los pocos centrímetros que faltaban) y sentí cómo su mejilla se apoyaba contra mí, como una gelatina caliente, estrujándome.

-¿Qué puedo hacer para que me perdone? -pregunté. Pero ya no conseguí oír su respuesta, porque cuando el maestro abrió la boca para dármela caí dentro de ella, y desde entonces vivo en uno de sus empastes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s