La fadista (cuentos de terror lisboetas, 1)

Era una noche de agosto, cálida y húmeda. Me acababa de despedir de los amigos y me disponía a volver a casa cruzando Alfama. En las cálidas y húmedas noches de agosto, Alfama se llena de turistas que vienen a oír fado, y de fadistas que se lo proporcionan, así que el barrio entero estaba lleno de acordes de guitarra y lamentos trágicos, en voces de hombre o de mujer.

Intentando esquivar a la muchedumbre, evité la rua dos Remedios y escogí callejuelas más estrechas, más inclinadas, más oscuras. Giré a la derecha, luego a la izquierda, subí un tramo de escaleras, bajé otro, giré dos o tres veces más y ya no me quedó más remedio que reconocerlo: me había perdido. De algún lugar me llegaban todavía los ecos de las músicas de los bares y restaurantes, pero multiplicados por el eco y deformados por la distancia.

Por un momento pensé: ¿y si nunca consigo salir de aquí? Pero me contesté casi inmediatamente, más calmado: cómo no vas a conseguir salir, solo tienes que seguir subiendo, subiendo, subiendo, como quien escapa de los círculos del infierno.

Y eso hice, o mejor, eso intenté hacer, porque cuando escogí una de las estrechas calles que trepaban ladera arriba, vi interrumpido mi camino por una oscura figura, tan oscura que casi se fundía con la propia oscuridad. Era una mujer, una anciana vestida completamente de negro, que apoyada con una mano en la pared me impedía el paso.

-Disculpe, señora -le dije educadamente-. ¿Me deja pasar?

Pero la señora no me contestó, en vez de eso, comenzó a cantar, con una voz rasgada, profunda, potente, que parecía imposible que saliera de un cuerpo tan pequeño.

O que ficou de ti foi só um resto
d’escombros diluídos nos meus dedos.
Nem sequer o assombro mais funesto.
Ficou na noite fria dos meus medos

Un escalofrío me recorrió la espalda al oír ese canto espantoso; un escalofrío como de muerte presentida. Mi instinto me dijo que era mejor no volver a interrumpirla; que las consecuencias podían ser terribles, irreparables. Esperé a que terminase de cantar, pero enlazaba un fado con otro, uno con otro, siempre mirando a la pared, pequeña, de negro, misteriosa, imponente. Miré hacia atrás y pensé en desandar el camino, pero a mi espalda las calles descendía y descendían y descendían sin fin. ¿De verdad había subido tanto? ¿Tanto tiempo llevaba dando andando?

Cuando la vieja por fin terminó de cantar, pareció caer sobre Alfama un manto de silencio impenetrable. ¿Dónde estaban ahora los turistas franceses, italianos, alemanes, ingleses, españoles? ¿Dónde estaba todo el mundo, menos yo y esta terrible fadista?

Entonces, la señora se giró hacia mí y percibí la verdadera dimensión del horror que me acechaba: ¡la mujer no tenía cara! (Es decir, quizás sí la tuviera, pero estaba oculta detrás de un velo negro e impenetrable que no me dejaba adivinar ninguno de sus rasgos, si es que los había). El sudor, que desde hacía rato empapaba mi espalda, se volvió frío de repente. Ahora sí, el terror se apoderó de mi conciencia. Me disculpé una vez más con aquella fadista diabólica y comencé a caminar calle abajo.

Solo entonces recordé que estaba perdido, y que el camino hacia mi casa era el que la mujer sin rostro me había taponado. Miré a los dos lados, y elegí el camino de la izquierda. (¡Ojalá no lo hubiera hecho!). Caminé hasta la siguiente esquina, giré a la izquierda, bajé unas escaleras, volví a subirlas, giré a la izquierda otra vez… Seguía perdido sin remedio.

Giré una nueva bocacalle a la derecha y vi, con horror, que la vieja fadista volvía a estar enfrente de mí. Y no solo eso: ¡caminaba hacia mí! ¡Se me estaba acercando! Volví a girarme, volví a descender calle abajo, giré dos, tres veces, retrocedí sobre mis pasos… Alfama parecía un cementerio, las casas brillaban blanquecinas bajo la luz de los faroles; hasta los gatos parecían escapar de mí. (¿O era de otra cosa?)

No sé cuánto tiempo seguí perdido en aquel laberinto, y cada cierto tiempo, cuando más alejado creía estar de mi punto de origen, ¡allí estaba la vieja, la señora de negro, la fadista maldita! ¿Qué quería de mí? ¿Qué quería de mí? ¿¿¿Qué quería de mí???

Por un momento pensé perder la razón. Hice esfuerzos denodados por controlarme y al no conseguirlo empecé a correr, ya sin preocuparme por la dirección; solo quería salir de allí, salir de aquel laberinto infernal a cualquier sitio donde hubiera coches, personas, luz, ruido. ¡Corría, corría, corría!

Hasta que de pronto, después de dos giros más a la derecha, ¡una pared! ¡Me había metido en un callejón sin salida! Y al girarme para volver a la última intersección, ¡allí estaba de nuevo la vieja fadista! Esta vez no tenía escapatoria. Un sentimiento de fatalidad y resignación se apoderó de mí. Tan seguro estaba de mi muerte que allí, en ese callejón oscuro en mitad de un barrio imposible recé las oraciones de mi infancia, las que me protegían contra los malos espíritus que habitan en la noche.

La mujer sin rostro se iba acercando a mí, como un bulto negro que se deslizaba, se diría que sin tocar el suelo con los pies. Me alejé de ella cuanto pude, hasta que sentí el contacto de mi espalda con la fría pared. Quise fundirme con ella, desaparecer. La fadista demoniaca estaba cada vez más cerca, cada vez más cerca…

Entonces, cuando la tenía ya tan cerca de mí que podía oler el olor a humedad de sus ropas; tan cerca que podría haberla tocado si me hubiera atrevido a alargar la mano o a dar un paso al frente; tan cerca que podía por fin distinguir, detrás del velo, una boca sin dientes que se abría y cerraba como la de un pez; entonces oí una voz cavernosa, como llegada de ultratumba, que me decía:

-¿El señor no querrá comprarme un CD de fados?

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