Love will keep us together

Cuando Julia y Julián se quedaron sin trabajo casi simultáneamente (a él no le renovaron el contrato; a ella se le acabó la beca), se lo tomaron como una prueba del destino, y decidieron, o mejor dicho, dieron por sentado que juntos lo superarían hasta que llegasen tiempos mejores. “Mientras estemos juntos, todo irá bien, porque nuestra amor es más fuerte que cualquier desgracia que nos pueda pasar”, pensaban, aunque no lo dijeran porque en la vida real nadie dice estas cosas.

Estaban así de seguros del poder de su amor porque pensaban en abstracto, y porque estaban imbuidos de la cultura romántica del cine, la literatura, la televisión. Casi se imaginaban a sí mismos como personajes de una película neorrealista en blanco y negro: abrazados, famélicos, vestidos de negro mirando al cielo. Pensando en abstracto, en efecto, el amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Pensando en concreto, en cambio, las cosas eran algo más complicadas.

Para empezar, Julia y Julián pasaban ahora casi todo el tiempo juntos. No es que se llevasen mal, al contrario, eran una pareja excepcionalmente bien avenida; pero no hay cosa que no irrite si se roza demasiadas veces. Además, la nueva situación laboral les limitaba también las opciones de ocio: había que ser moderados, dejar de ir al cine o al teatro, limitar las salidas de copas con los amigos, tener cuidado con los gastos extraordinarios. “Nadie sabe cuánto va a durar esto, tenemos que ser cuidadosos”, pensaban.

El tema del dinero era especialmente complicado. Julián tenía derecho a paro, Julia no; Julia tenía algunos ahorros guardados, Julián no. Intentaban no hablar de ello para no herirse, pero en el fondo los dos sentían que estaban manteniendo al otro, y que el otro gastaba demasiado. Y los dos sentían que merecían más, y que el mundo era injusto con ellos. “Nos acostumbraremos a vivir con menos”, decía Julián. “Uno de los dos conseguirá un trabajo un día de estos, ya verás”, decía Julia, sin darse cuenta de que apuntaban a esperanzas distintas, casi opuestas.

Y la incertidumbre, el miedo; los ahorros que se van gastando; la posibilidad de tener que cambiar a otra casa más barata, más pequeña, más alejada del centro, de no poder pagarse una casa decente; la sensación de aislamiento de la pareja respecto al resto del mundo, y dentro de la pareja, el uno respecto al otro. (Se rompían platos y vasos con más frecuencia de la habitual, por algún motivo). Los dos se buscaban mutuamente para apoyarse y seguir andando, y los dos sentían que tenían derecho a ser apoyados, pero no tanto el deber de apoyar. “Bastante tengo con lo mío”, pensaban, o no se atrevían a pensar.

Por eso cuando Julia por fin consiguió efectivamente un trabajo, la alegría fue menor de lo que podría esperarse, porque en el fondo los dos estaban dudando de si no llegaría demasiado tarde; si no habrían sobrepasado ya la barrera de lo irreparable. Habían acumulado mucho resentimiento, iba a costarles un buen tiempo limpiarlo, limpiarse, reencontrarse. En cualquier caso fingieron estar exultantes, salieron a celebrarlo con una cena que no podían permitirse. Cuando volvieron a casa se fueron a la cama directamente, pero no a dormir.

Cuando Julia salió de casa para su primer día de trabajo, Julián le dio un beso de despedida y le dijo: “Mientras estemos juntos, todo irá bien”, porque hay momentos en que sí se dicen estas cosas en la vida real. Luego Julia se fue, trajeada y nerviosa, y Julián se quedó en el sofá del salón viendo dibujos animados.

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