Gloria al líder

“Cuando se muera el Presidente, eso sí que va a ser una fiesta”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. (Le seguíamos llamando “el Presidente”, por cierto, aunque ya hacía casi veinte años que no presidía nada). Realmente, estaba ya todo preparado: los periódicos tenían listos sus números especiales, los políticos tenían listos sus discursos, el ejército tenía listo su desfile fúnebre en honor al Presidente, con cabra y todo. Se iban a nombrar calles, avenidas, estadios, aeropuertos en su honor: ya se habían fundido las placas y se habían encargado las letras de neón. Los ayuntamientos iban a pelear unos con otros por ser los primeros en nombrarlo hijo adoptivo, alcalde honorífico o santo patrón.

Lo que pasa es que el Presidente no se terminaba de morir. “Cuándo se morirá este hombre”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. ¡Noventa y un años tenía ya! ¿Hasta cuándo pensaba vivir? Y lo peor es que, viejo, debilitado y gagá como estaba, no paraba de hablar, hacer, aparecer. Cada dos por tres estaba en los periódicos, en las televisiones y en los actos públicos haciendo declaraciones cada vez más absurdas, cada vez más anticuadas. A la gente le empezaba a parecer un personaje ridículo y odioso (aunque nadie se atreviese a decirlo).

Además, también su sistema, su mundo, la maquinaria política, social y mediática que había construido durante su mandato empezaba a desmoronarse. A varios de sus colaboradores más próximos los cogieron metidos en casos feos de corrupción. (A él nunca le encontraron nada sucio, quizás porque nadie se atrevió a mirar lo bastante de cerca). Las instituciones que había creado con tanto empeño personal, daban muestras de agotamiento, insuficiencia o inutilidad. “Las cosas podían haberse hecho de otra forma”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. (Entonces todavía no nos atrevíamos a pensar que las cosas podían haberse hecho mejor).

“¿Por qué no le hacemos un homenaje en vida y acabamos con esto?”, debieron de pensar en algún momento sus sucesores. “No podemos”, debieron contestarse a sí mismos, “imagínate que sale luego con uno de sus discursos esquizofrénicos y nos hunde. No, tenemos que esperar a que se muera para que sea inofensivo”.

Pero no se moría, y su figura y su memoria empezaban a achicarse con el tiempo. Los periódicos recortaban páginas a sus números especiales, los políticos reescribían sus discursos o los tiraban arrugados a la papelera, al ejército se le murió la cabra y le hicieron a ella el desfile que habían preparado para el Presidente. Las calles, avenidas, estadios, aeropuertos tuvieron otros nombres: las placas y letras se reutilizaron. Los partidos herederos de las ideas y las obras del Presidente se dividieron y se enfrentaron en luchas internas: “Nosotros somos los auténticos continuadores de su legado”, decían unos; “No, somos nosotros”, decían desde el otro lado. Cada vez que el presidente intentaba terciar en estas disputas lo estropeaba todavía más.

“No ha sabido morirse a tiempo”, pensábamos todos aunque no lo decíamos. “Pudo tener estatuas, cuadros, poemas épicos dedicados a su nombre; su imagen pudo coronar nuestra capital como las de Evita, el Ché, Mao o Kim Jong-il. En vez de eso se ha convertido en un ser borroso y vergonzante que solo queremos que desaparezca para seguir con nuestras cosas”.

El día que por fin murió el Presidente había un partido de fútbol importante y las televisiones decidieron no interrumpir sus emisones. Al día siguiente empezó la titánica labor de reescribir todos los libros de historia nacional.

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