Conservación del patrimonio

Todo empezó cuando en el Telediario hicieron un reportaje sobre nuestro pueblo. Era nuestro pueblo, pero al mismo tiempo no parecía el mismo: la muralla a la que trepábamos de niños o en la que meábamos cuando volvíamos a casa borrachos, era de repente un “monumento milenario de valor incalculable”; nuestras calles, las mismas en las que comprábamos carne o pescado o acelgas todos los días, le provocaban al reportero “la fascinación de lo inmemorial, de lo inalterable”; la iglesia, bueno, la iglesia realmente debe ser solo una iglesia, porque en el reportaje ni se la mencionaba. El caso es que reconocíamos nuestro pueblo, y al mismo tiempo no lo reconocíamos: debe de ser verdad que la televisión te añade peso.

“Ya era hora de que nos dieran valor”, decían los abuelos del pueblo; y las abuelas: “Esto no va a traer nada bueno”. En cierto modo, todos tenían razón.

Lo que el reportaje nos trajo fue un aluvión de visitantes, que querían vivir la experiencia de “sumergirse en la Edad Media” o “conversar con los fantasmas de nuestros antepasados”, como decía el reportaje (aunque nosotros, que vivimos aquí, no somos ni medievales ni fantasmas). El problema es que nuestro pueblo no estaba preparado para acogerlos. No habíamos tenido un turista en quinientos años: hay una tasca, la del Tío Lucas, que tiene un vino bastante decente aunque cabezón; pero no hay hoteles ni restaurantes ni museos ni cartelitos en tres idiomas o cuatro. Así que los primeros visitantes se fueron bastante decepcionados y los de Medina, que les dieron de comer y beber, nos lo agradecieron mucho.

Para cuando llegó la segunda oleada de visitantes, a principios de verano, ya estábamos más preparados. Algunos vecinos habían adaptado sus casas para alquilar cuartos u ofrecer comidas; otros se habían reciclado en guías turísticos; Redondo, el artista del pueblo, se había especializado en la fabricación de reproducciones en cerámica del Palacio del Condestable, que hasta antes de ayer usábamos como establo -aunque eso no se lo decíamos a los turistas, claro-. El cura, que hasta entonces decía unas misas tan aburridas que hasta él mismo bostezaba, descubrió una vena retórica-mística que nos tenía verdaderamente asombrados.

Con el turismo vino el dinero, claro, y el pueblo prosperó; y al mismo tiempo se echó a perder. Los nuevos ricos ya no querían vivir en casas sin lavadora, sin internet, sin garaje, así que hicieron reformas integrales en sus viviendas. Tan integrales, que en muchos casos supusieron tirar abajo la casa entera y volver a construirla desde los cimientos, en los más variados estilos arquitectónicos. Con el permiso del alcalde, se derribó una de las puertas de la muralla para ampliar la salida de la carretera de Madrid de uno a dos carriles. Los campos dejaron de cultivarse, porque ¿quién quiere estar atento a la germinación del mijo cuando puede cobrarle a un alemán cinco euros por un pan con chorizo?

En pocos años, el pueblo quedó irreconocible, lo que puede que no sea tan malo porque el pueblo era bastante feo, a mi parecer. A estas alturas los turistas empezaron a comentar: “esto ya no es lo que era”, “ha perdido autenticidad”, “¿dónde está la tasca del Tío Lucas?” (La tasca del Tío Lucas mientras tanto se había convertido en el Restaurante Reconquista, que aspiraba a su primera estrella Michelín; digamos, entre paréntesis, que nuestro pueblo fue repoblado, pero no reconquistado, porque ¿quién querría conquistar un collado plagado de piedras?).

A pesar de todo, los turistas no paraban de venir, en manadas, en autobuses, en pantalones cortos. Lo difícil es entrar en las rutas turísticas; después mantenerse no es, al parecer, muy complicado.

La verdad es que el pueblo estaba quedando irreconocible y a algunos, que por la gracia de dios o de nuestra educación teníamos algún sentido histórico o estético, esto no nos gustaba demasiado. Creamos entonces, con todos los honores y todos los papeles necesarios, la Junta Vecinal Popular para la Recuperación del Patrimonio Local (la JuVePoRePaLo). El problema es que devolver el pueblo a su estado original era costosísimo, y además los vecinos no habían aceptado renunciar a las comodidades recién descubiertas. Pero nosotros no cejamos: nos reunimos, conversamos, organizamos cenas y galas de recaudación de fondos, y por fin alguien dio con la solución: ¡construyamos una réplica del pueblo al lado del pueblo!

Y eso hicimos. Conseguimos que el ayuntamiento nos cediera los terrenos de extramuros (que al fin y al cabo no valían un real), y procedimos a recrear, con los materiales más baratos que pudimos conseguir, las casas, las fuentes, la muralla del pueblo, como si fuese la inversión en un espejo. Tardamos quince años, durante los cuales los turistas solo pudieron ver una polvareda enorme y constante que venía del otro lado de la muralla; la inauguración oficial la celebramos con una fiesta popular, y soltando un cerdo engrasado por el nuevo casco viejo del pueblo. (El cerdo nunca lo encontramos; creemos que huyó en dirección sur-sureste).

A partir de ese momento, a los turistas ya no les enseñábamos el pueblo original, sino la copia, que en realidad se parecía mucho más a lo que ellos venían buscando. Hay que decir que la repdroducción era muy precisa, tanto que hasta incluía a varios actores caracterizados como campesinos, artesanos o pastores. Aunque, a decir verdad, nos dejamos llevar por el deseo de engrandecer el nombre del pueblo, e hicimos una versión algo mejorada del original: la muralla era más alta, todas las casas tenían elegantes blasones en sus puertas y la iglesia, sí, la misma iglesia que en el original no merecía una segunda mirada, ahora era una magnífica iglesia románica con muros imponentes y una talla de la virgen que se diría que era del siglo XII como mínimo, si no fuera porque se la habíamos encargado personalmente a Redondo, el artista del pueblo.

Así que ahora todo el mundo está contento. Los habitantes del pueblo tienen (tenemos) casas modernas, con lavadora, con internet, con garaje; mientras, al otro lado de la muralla los turistas encuentran lo que vienen buscando: se sumergen en la Edad Media, se encuentran con el fantasma de sus antepasados, viven la fascinación de lo milenario, de lo inalterado. (Es grande el poder de la sugestión, sobre todo cuando uno quiere que lo sugestionen).

Luego vuelven para sus casas y comentan en los foros de internet, que la JuVePoRePaLo monitoriza concienzudamente: “Es magnífico: es igual que en la televisión”. Ese es el mejor elogio que podrían hacernos.

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