El milagro cotidiano

Un niño (o una niña) está en la cocina con su madre (o su padre), viendo cómo cocina. El padre (o la madre) está preparando croquetas, una tarta de chocolate, pan casero, da igual. La niña (o el niño) se pone de puntillas para conseguir ver mejor; alarga un dedo y toca la masa (de las croquetas, de la tarta, del pan) con un dedo; luego se lo chupa. “Deja eso”, le dice la madre (o el padre), “ten cuidado” o algo parecido. El niño (o la niña) le sonríe, pero vuelve a meter el dedo en la masa; lo mira y vuelve a chuparlo. Las piernas empiezan a temblarle, porque lleva mucho tiempo de puntillas. “¡Ten cuidado!”, le vuelve a decir el padre (o la madre), o “¡Te he dicho que no toques eso!”, algo así. La niña (o el niño) se distrae, las piernas se le aflojan y se tambalea para un lado, se agarra al plato, el plato no le sostiene, los dos (plato y niño, o niña) caen al suelo, el plato se rompe, la masa parece explotar y se expande por todas partes (incluidas, claro, las ropas y la cara del niño (o la niña).

La madre (o el padre) se vuelve hacia ella (o él) y le grita: “¡No te había dicho que lo dejaras en paz!” o “¡Mira la que has liado!” o “¡¡¡Pero qué has hecho!!!” o cualquier cosa de ese estilo. Y por un momento le puede la rabia, porque la cocina está hecha un desastre, y porque se ha roto un plato, y era un plato bueno, antiguo (mejor dicho, viejo), más grande de lo normal, muy útil para cocinar. Así que la primera reacción del padre (o de la madre) es gritarle al niño (o a la niña) y darle una bofetada para que aprenda la lección. ¡Para que aprenda la lección! Pero cuando lo ve (o la ve) ahí en el suelo, cubierta (o cubierto) de masa, con los ojos muy abiertos que se van llenando de lágrimas, temblando del susto por lo que ha pasado y de miedo por lo que va a pasar, la madre (o el padre) se arrepiente de esa primera reacción. Se arrodilla al lado del niño (o de la niña); le quita con cuidado los pedazos de plato roto de la ropa; le pone la mano en la cabeza y le dice, con voz dura, porque todavía está enfadado (o enfadado): “Tienes que tener más cuidado, ¿eh?”, o “Si es que…” o “¡No sé qué voy a hacer contigo!”, o alguna otra frase que quiere decir que el cariño es más grande que el enfado.

Y esto pasa todos los días, en algún lugar del mundo.

(Claro que a veces el padre, o la madre, no consiguen o no quieren controlar su enfado y le dan la bofetada al niño, o a la niña,y le gritan y el enfado es más grande que el cariño; y eso también pasa todos los días).

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