Pico de Águilas

Nuestro pueblo está situado al pie del mal llamado Pico de Águilas. Mal llamado primero porque mucha gente le dice “Pico de las Águilas”, y no, es “Pico de Águilas”. Y mal llamado también porque, por lo menos hasta donde hay memoria, en el pico no hay águilas. Muchos buitres sí; águilas no.

Cuando digo al pie, digo al pie. Las últimas casas del pueblo se apoyan en la roca, allí donde la roca empieza a inclinarse hacia arriba. Las últimas se van alejando hacia el río, pero no llegan, porque lo importante para el pueblo no es el río, sino el monte.

Nuestro Pico de Águilas ha aparecido varias veces en las listas de las “maravillas de la naturaleza” de nuestra región. A veces incluso en listas nacionales. Una vez en un reportaje de National Geographic, pero porque el alcalde lo pagó a buen precio. No hay duda de que es impresionante: se eleva, se eleva, se eleva, y al final se curva de una forma imposible que parece un pico que se va a caer pero no se cae. Por ahora. A lo mejor por eso le llaman Pico de Águilas, porque parece que el monte va a caer sobre el pueblo y se lo va a llevar volando.

A los visitantes les encanta el Pico de Águilas; nosotros lo odiamos. Lo maldecimos en nuestras oraciones. En verano, cuando el sol da de pleno, el monte se diría que se aparta para dejarlo pasar; el valle se convierte en una caldera en la que nos achicharramos.En cambio en invierno, cuando el sol cae de lado, nos sumerge en una especie de noche perpetua. La roca hace de tobogán para las aguas, que inundan el pueblo un año sí y otro también. Se llevan las casas, los ganados, las personas. Si todos los años saliera el agua por las mismas fuentes, se las podría controlar o encauzar. Cada año salen por un sitio distinto, y nos sorprende y destroza las protecciones que se nos pudiera haber ocurrido preparar.

Y encima de todo eso, cada cierto tiempo el pico deja caer rocas enormes sobre nosotros. Sí, las deja caer, así lo decimos, no nos avergüenza decirlo así: las deja caer. Caen rodando por la montaña o a peso como plomo sobre los tejados. No hemos terminado de recuperarnos de un ataque y ya nos viene el siguiente. ¡Bum! ¿En la casa de quién ha caído? En la de tal o cual. Pues allá vamos a repararla, siempre mirando hacia arriba por si acaso. No hay paz bajo el Pico de Águilas. No hay sosiego. Aquí no se puede vivir, porque no se sabe si se va a poder seguir viviendo.

¿Por qué nuestros antepasados se instalaron aquí? Es difícil saberlo. Esperaban seguramente recibir protección de la montaña. Protección contra los ataques de sus enemigos. ¿Qué enemigos? ¿Quién sabe? Vinieron, se quedaron, fueron cobardes. Tres kilómetros más arriba el río hace un meandro y riega las tierras; hay un bosque. Prefirieron la protección de la sierra. Malditos sean.

¿Y por qué nosotros no nos vamos? ¿Por qué no abandonamos el Pico de Águilas? Porque aquí están nuestros antepasados; porque venimos de aquí. Hay lazos que no pueden romperse aunque te aten a la tumba. Los huesos de nuestros abuelos nos piden que no nos vayamos. Algunos se van, aun así. Pero otros nos quedamos. Siempre mirando hacia arriba para ver qué plaga desata el pico sobre nosotros.

Los turistas vienen a vernos, y nosotros les vendemos figuritas de escayola con forma de águila y botellas de licor de almendra. Dicen: “Cómo me gustaría vivir aquí… Si pudiera…”

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Un pensamiento en “Pico de Águilas

  1. Está claro que los turistas hablan sin conocimiento de causa. Un lugar de buitres, oscuridad, plagas…..Benidorm?

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