Sexo oral

A Alicia le gustaba mucho el sexo oral; o sea, le gustaba mucho hablar de sexo. Nos tumbábamos en la cama por las noches y empezábamos a inventar lugares, momentos, escenarios, posiciones, duraciones para nuestros encuentros eróticos. Al principio eran comentarios que llevaban a breves conversaciones preliminares (“¿Te imaginas hacerlo en el ascensor?” “Nunca nos hemos acostado en casa de tus padres”, “¿Alguna vez has follado bajo el agua”?) pero con el tiempo se transformaron en fantasías de una duración y una complejidad crecientes.

Era increíble la variedad de las historias que inventábamos: las había estrictamente eróticas, pero también históricas, policiacas, fantásticas o de espías. Había argumentos paralelos, subtramas, héroes y villanos, escenas melodramáticas, vueltas de tuerca, encuentros extraordinarios e incluso a veces elementos místicos o sobrenaturales. El desenlace siempre era un polvo triunfal y espasmódico culminado por temblorosos orgasmos simultáneos de nuestros resplandecientes cuerpos sudorosos. (Ese era, por cierto, el lenguaje en el que transcurrían nuestras historias, y nunca tuve muy claro si lo hacíamos de modo irónico o no).

Alicia solía llevar la voz cantante en la narración, y yo añadía los detalles o la corregía donde creía que había ido demasiado lejos, o cuando encontraba otro camino mejor. Que a mí me parecía mejor. Como se trataba de fantasías, no había límites: podíamos ser tan ágiles, flexibles, fuertes o atrevidos como quisiéramos. Y queríamos mucho, la verdad. El resultado era una fantasía que no era exactamente suya ni mía, y que por lo tanto tenía la capacidad de sorprendernos. Y de excitarnos.

Cuando terminábamos de construir nuestro relato, nos lanzábamos el uno encima del otro, el uno contra el otro, alrededor del otro, dentro del otro. Lo que ocurre es que, en comparación con la fantasía, el sexo real resultaba inevitablemente limitado, rutinario, decepcionante. A mí me hacía sentir algo insuficiente (¿quién puede competir con un alter ego imaginario que es más alto, más guapo, más inteligente y está mejor dotado en todos los sentidos?), pero Alicia decía que le gustaba así. En realidad, se podría decir que no le gustaba de ninguna otra manera.

Así que seguimos inventándonos fantasías cada vez más elaboradas, cada vez más exuberantes y exóticas. A veces pasábamos tanto tiempo hablando del sexo potencial que nos olvidábamos de transformarlo en acto: nos quedábamos dormidos antes de llegar al clímax de la historia, o al de los cuerpos. Pasase lo que pasase, a la mañana siguiente nunca hablábamos del tema, ni analizábamos hoy la fantasía erótica de ayer: nos despertábamos, buenos días, buenos días, y aquí no ha pasado nada. Nadie habría dicho, viéndonos pasear tan aseados y comedidos, cogiditos de la mano, que por la noche éramos James Bond y Mata Hari en el dormitorio.

Una vez le dije a Alicia, medio en serio medio en broma, que deberíamos poner por escrito nuestras historias eróticas e intentar venderlas a una editorial. Me miró como si hubiera asesinado un gatito con una cuchara y esa semana no tuvimos sexo, ni del oral ni del otro.

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