Todo tiempo pesado (12): Lisboa

En el capítulo anterior: Miren y Santi reinician sus conversaciones.

 

Miren llegó a Lisboa un 20 de agosto, un día de calor agobiante. Fui a buscarla al aeropuerto para acompañarla hasta casa. Llegó con una mochila enorme a la espalda, y vestida, ahora sí, con un aire mucho más informal y alternativo que cuando salía de trabajar en el museo. Venía sonriente, aunque la sonrisa fuera algo triste, o cansada. Miren se instaló en mi cuarto y yo me trasladé al de mi compañero de apartamento, que muy amablemente había desaparecido del piso durante esa semana.

En los dos o tres días siguientes yo no aparecí por el trabajo. Con Miren recorrí todos los puntos turísticos habituales; comimos bacalao y pasteles de nata; tomamos amarguinha y ginjinha; fuimos a oír fado; salimos de fiesta por el Bairro Alto, y hasta cruzamos el Tajo en un barco para ver Lisboa desde el otro lado. Presenté a Miren a mis amigos, que le cayeron bien (o por lo menos eso me dijo); a mis amigos también les cayó bien Miren, o por lo menos eso me dijeron.

Durante esos días estuve especialmente cuidadoso. “Miren es tu amiga”, pensaba, “solo tu amiga y nada más que tu amiga. No te hagas ilusiones raras. No inventes. Ella tiene su churri vitoriano. Es una amiga que necesitaba cambiar de aires y ha venido de visita. Nada más”. La mentalización funcionaba, y no creo que nadie que nos viera juntos esos días pensara que había nada entre nosotros.

La tercera noche de su visita estábamos cansados y decidimos quedarnos en casa a descansar. Preparé un arroz con pollo (una de mis especialidades) y Miren bajó a comprar una tarrina de helado a la tienda de enfrente. Cenamos casi en silencio, pero un silencio cómodo, sin obligación de hablar para romperlo. Solo al final, ya con la última copa de vino en la mano le pregunté: “Entonces, qué, ¿te está sirviendo para cambiar de aires y desconectar como querías? ¿Te está viniendo bien?” Y ella: “Me está viniendo muy bien, la verdad”, mientras me miraba con una expresión rara que no supe interpretar.

Luego fuimos a lavar los platos, yo terminé de recoger la mesa y Miren se marchó a su cuarto para prepararse para dormir. Cuando pasé por delante de la puerta para ir a lavarme los dientes, oí que me llamaba.

-¡Santi! ¡Santi!

Me paré delante de la puerta y toqué: “¿Sí?”

-¡Pasa, hombre, pasa!

Así que entré en mi cuarto, que ahora el cuarto de Miren, y me la encontré sentada en la cama, desnuda. Mi primer impulso fue pedir perdón y cerrar la puerta, pero Miren se levantó, me cogió de la mano y tiró de mí hacia dentro. Me puso una mano en la nuca, me sonrió con esa sonrisa irónica suya y entonces, sí, por fin, nos besamos.

Me temblaba todo, de nervios, de excitación, de ansiedad. Solo acerté a preguntarle: “¿Por qué?” Y ella: “Porque si no lo hago yo, tú no lo vas a hacer, y sé que te mueres por hacerlo.”

De lo que pasó luego no daré detalles; solo diré que fue bonito, divertido y nostágico. Un poco ruidoso, también: la lámpara de la mesilla se cayó al suelo y nunca volvió a ser la misma después de aquello. Reconozco que al principio hice algunas comparaciones mentales (“eso es nuevo, esto antes no era así, ¿dónde habrá aprendido ese movimiento?”) pero llegado un punto ya fue imposible pensar en comparar nada; fue imposible pensar, simplemente.

Al final, Miren me miró y dijo, con una sonrisa irónica: “Esto no cambia nada, ¿eh? Sigo muy enfadada contigo”. “Me parece perfectamente”, le contesté. Y seguí acariciándole el pelo.

 

En el próximo capítulo: ¿Y ahora qué?

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4 pensamientos en “Todo tiempo pesado (12): Lisboa

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