El verdadero filósofo de la posmodernidad

Durante una estancia en la City University of New York tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de Arthur Kingsley, que en círculos académicos era denominado “el verdadero filósofo de la posmodernidad”. La conferencia fue brillante, arrebatadora, magistral, y así se lo reconoció un público puesto en pie al final del acto. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue que la charla estuviera llena de ataques feroces del conferenciante hacia sus propias opiniones del pasado; ataques tan furibundos que si los hubiera dirigido hacia cualquier otro filósofo habría provocado un duelo con sable al amanecer.

Después me explicaron que este tipo de auto-ataques eran la norma en Kingsley. Era, en efecto, un posmoderno extremo, que no solo descreía de los grandes discursos explicativos, sino incluso también de los pequeños y medianos. No había, no podía haber enunciado alguno sobre cuya veracidad se pudiera estar seguro más allá del momento mismo de pronunciarla, y ni siquiera entonces, porque desde que se empieza a pronunciar (o escribir) una frase hasta que se termina sus condiciones de verdad se han podido ver afectadas por modificaciones que están fuera de nuestro alcance.

Entre sus alumnos era muy querido y muy odiado al mismo tiempo. Sus clases, tomadas individualmente, eran una fuente infinita de inspiración, placer y estímulo; sus asignaturas, tomadas en conjunto, eran un caos indescriptible en el que cada sesión anulaba y contradecía a la anterior, con argumentos que siempre parecían irrefutables hasta que el propio Kingsley los refutaba, una semana más tarde. Algunos estudiantes protestaban: “¡Esto es una locura! ¡Así no podemos estudiar! ¿Qué tenemos que responder en el examen cuando nos pregunte?” Y Kingsley les respondía: “Dará igual: cualquier cosa que escriban será simultáneamente verdadera y falsa”. A pesar de todo, solía ser bastante generoso con las notas, lo que evitaba males mayores.

La razón de que Kingsley no haya alcanzado el reconocimiento de un Zizek o un Bauman (a los que no tiene nada que envidiar como pensador, sin duda) es precisamente esta extrema capacidad para la autorefutación continua e implacable. Kingsley nunca llegó a escribir un libro en el sentido extenso del término: para cuando llevaba escritas treinta páginas, según han contado diversos testigos, ya no estaba de acuerdo con la premisa básica del texto y lo arrojaba a la papelera, al fuego, a la trituradora de basuras. Así, lo único que nos han quedado son opúsculos breves, publicados a veces sin su consentimiento (porque el largo proceso de edición siempre le daba tiempo a retractarse) y que después de su muerte fueron reunidos en un volumen titulado, muy apropiadamente, Kingsley vs. Kingsley.

Arthur Kingsley murió, efectivamente, en 2008. Su muerte me entristeció profundamente, no solo porque llegó demasiado pronto, cuando el filósofo de la posmodernidad tenía todavía tiempo de reinventarse a sí mismo unas centenas de veces; sino sobre todo por la forma en la que se produjo: Kingsley se arrojó al vacío desde un decimoquinto piso. Dejó una nota de suicidio, llena de tachones y correcciones, por cierto. Como dijo su viuda, con tanto humor negro como razón, “lo peor es que seguro que después de saltar se arrepintió”.

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