Todo tiempo pesado (10): Rupturas

En el capítulo anterior: Lo que Miren tenía que contar lleva a una discusión.

 

Cuando hace diez años Miren y yo nos separamos (cuando ella me dejó, cuando lo dejamos, cuando nos dejamos mutuamente), pasé por la típica fase de depresión post-corazón roto. Miren había sido mi primera pareja seria, por decirlo así, y por lo tanto no tenía experiencia en la materia. Sabía, claro, lo que las películas y las canciones dicen que se debe sentir en un caso así, pero no tenía experiencias propias en las que basarme.

Así que seguí los pasos básicos del manual de rupturas amorosas: lloré, me encerré en casa dejé de comer (quiero decir, empecé a comer solo un sandwich de cena en lugar de dos), escribí poesía. El único tópico en el que no caí fue el de emborracharme para olvidar: me emborrachaba, sí, pero no para olvidar sino para emborracharme.

Pensaba, como corresponde, que nunca iba a encontrar a nadie como Miren, o incluso que nunca iba a encontrar a nadie, punto. Pero lugo, también como corresponde, encontré mi propia manera de salir del agujero. En mi caso fue gracias a los libros, los amigos y el porno (y eso que internet casi ni existía en aquella época). Y claro, hubo otras mujeres, pero eso no vale la pena contarlo ahora.

Con Miren perdí completamente el contacto: ella ya no estudiaba en Deusto, no vivía en Bilbao, no teníamos amigos comunes y como todavía  no existía el facebook, el twitter ni prácticamente los teléfonos móviles, la única forma de contactar con ella habría sido llamando a la casa de sus padres o mandándole una de nuestras cartas floridas. No digo que no estuviese tentado de hacer las dos cosas, pero al final no hice ninguna. Así que Miren desapareció de mi vida hasta el encuentro del Guggenheim, diez años más tarde.

Esta vez la ruptura con Miren era diferente, en primer lugar porque no había una relación que romper. Había, en todo caso, imaginaciones mías sobre posibles relaciones con Miren. Además, ya no teníamos veinte años. Ni veinticinco. Ni treinta, qué leches.

En todo caso, me propuse seguir adelante por medios muy parecidos a los de la otra vez: libros, amigos y, ejem, internet. Los días que siguieron a la discusión con Miren los pasé intentando activamente no pensar en Miren; o sea, que no dejé de pensar en Miren. Me volví a Lisboa e hice esfuerzos para no conectar el chat del facebook, para no visitar la página de Miren en el facebook y, en general, para evitar cualquier tentación de reanudar la comunicación en cualquier otra forma.

Y entonces hizo su aparición la culpa, ese monstruo feo y a veces más inteligente que nosotros mismos. “¿No estás exagerando?”, me decía. “¿Has decidido no volver a hablar con ella, por qué, exactamente? ¿Porque tiene un amigo colorido? ¿O porque te lleva la contraria? ¿O porque es una mujer independiente que no te deja que le digas lo que tiene que hacer? ¿No se suponía que a ti te gustaban las mujeres inteligentes, independientes, con personalidad? ¿O eso es algo que dices solo para quedar bien? ¿A ver si al final va a tener razón Miren y no eres más que un burgués conservador y en el fondo un poquito machista?”

“Lo que me molesta no es eso”, pensé. “Lo que me molesta es que me haya estado dando esperanzas, mientras al mismo tiempo…” “¿Pero ella te ha dado realmente esperanzas?”, insistió la culpa. “Sí”, respondí, “a lo mejor no de palabra, pero sí con actitudes, con gestos…” “¿Y si ella simplemente está contenta de recuperar una vieja amistad, y cree que tú estás exactamente en el mismo punto? ¿Alguna vez le has hecho saber a Miren, aunque sea lejanamente, cómo te sientes?”

“Vete a tomar por culo”, le dije a la culpa. Pero la culpa además de fea e inteligente también es testaruda, así que no dejó de torturarme durante toda la noche, hasta que tuve que reconocer que sí, que a lo mejor el castigo no se adecuaba al crimen en este caso, y que a lo mejor estaba siendo injusto con Miren.

“Pero ella tampoco me ha escrito ni me ha llamado a mí”, pensé, e un intento algo infantil por salvar la dignidad. “Be the better man“, me contestó la culpa, que además de fea, inteligente y testaruda también es políglota.

Así que, completamente desvelado, a eso de las cinco de la mañana le mandé a Miren un mensaje por el facebook que decía, simplemente: “Hey”. Y supongo que eso debió de aliviar mi sentido de culpabilidad, porque me quedé casi inmediatamente dormido. Cuando me desperté, tenía una respuesta de Miren. Decía, simeplemente: “Hey :)”

 

En el siguiente capítulo: Se toman algunas decisiones sorprendentes.

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2 pensamientos en “Todo tiempo pesado (10): Rupturas

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