El secuestro

A mí me cogieron a primera hora de la mañana: me sacaron de casa y me metieron en una celda junto con un hombre que tenía la cara destrozada a puñetazos. Intenté acercarme a él, pero se giró de cara a la pared. “¿Qué está pasando?”, pregunté, pero no me contestó nadie. La puerta se cerró de golpe. Unas horas más tarde me trajeron algo de comida, un pan con una sopa de legumbres muy líquida. El hombre ni se giró para mirar la comida. Había en una esquina un balde que ya estaba bastante lleno cuando yo llegué. Vomité la comida por culpa del olor. Golpeé la puerta. “¿Qué está pasando? ¿Por qué?”, pregunté, pero no me contestó nadie.

Así pasamos la primera noche, los dos solos.

Al día siguiente trajeron a otras dos personas. Intenté hablar con ellas. “¿Qué está pasando?”, les pregunté, pero rechazaron mis preguntas y se sentaron en rincones opuestos de la celda. A lo mejor pensaron que, como yo no había sido torturado, debía ser un colaborador. Un espía. Todo el mundo sospecha de todo el mundo. Volví a golpear la puerta. Nada. Nadie.

La celda se fue llenando en los días siguientes. Perdí la cuenta de cuántos éramos. A todos los traían a primera hora de la mañana. Unos días después volví a ver al hombre magullado del primer día. Casi me sorprendió verlo ahí, como si hubiera ido podido ir algún sitio. Las heridas de la cara habían cicatrizado, pero seguía hinchada. “¿Qué tal se encuentra?”, le pregunté. Pensaba que como habíamos sido los dos primeros, podría haber entre nosotros una solidaridad. No hubo nada.

Entre los presos, entre los secuestrados se iban formando grupos. Algunos ya se conocían. Entre los grupos surgían peleas. Yo les preguntaba a todos: “¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando?”, pero no me contestaba nadie. Yo pensaba: cuando nos traen la comida, si nos revelamos… Somos tantos… No era el único que lo pensaba: un mediodía, a la hora del almuerzo, uno de los grupos intentó cogerle el brazo al secuestrador, al guardia, y apoderarse de su arma. Fallaron. A esos tres hombres no volvimos a verles. A los demás no nos dieron comida ni bebida en todo el resto del día.

Algunos de los que seguían llegando (porque seguían llegando, aunque parecía imposible que en la celda cupiese nadie más) venían con signos de tortura en el cuerpo. Otros, como yo, con miedo e incomprensión. Pero nadie quería hablar conmigo. ¿Por qué?

Creo que el primer hombre, el que estaba cuando yo llegué, murió. No lo volví a ver más, y el banco ahora lo ocupaban tres personas nuevas. No puedo estar seguro. No puedo estar seguro de nada. Pasaba horas desmayado, tirado en el suelo hecho un ovillo.

Una tarde vi que, por error o por cálculo, los guardias habían dejado la puerta abierta. Recorrí los grupos contándoselo: la puerta está abierta, ¡la puerta está abierta! Pero todos me miraban con desconfianza. “Es una trampa”, decían, y me lo decían como si yo fuera el que les había tendido la trampa.

Decidí que, si ellos no querían escapar, escaparía yo solo. Abrí la puerta y me dispuse a salir, pero entonces sentí varias manos, decenas de manos que me agarraban los brazos, las piernas, el cuerpo, y me volvían a meter en la celda. Sentí que empezaban a pegarme puñetazos y patadas y a gritarme “traidor, traidor”, y cosas peores. “¿Qué está pasando?”, pregunté, pero otra vez no me contestó nadie. Antes de desmayarme, conseguí oír cómo cerraban otra vez la puerta de la celda.

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