Todo tiempo pesado (8): Reencuentro

En el capítulo anterior: Miren cuenta su vida.

 

De abril a junio, aproximadamente, seguimos Miren y yo en este ritmo de mensajes de ida y vuelta, incluso con alguna videoconferencia en Skype. (Sus compañeras de piso, por cierto, muy majas y muy guapas. Me las presentó a todas una de esas noches, yo estaba en calzoncillos tirado encima de la cama, me sentí un poco observado y un poco hombre objeto, pero no pasa nada por sentirse así de vez en cuando; muy de vez en cuando. En realidad, me gustó).

En junio, cuando terminó el curso lectivo en Lisboa, le escribí a Miren y le dije que iba a pasar unos días en Bilbao para ver a la familia. Que a ver si le apetecería quedar algún día, “o así”. Me dijo que sí, “¡claro que sí, hombre!”. De hecho tenía libre la tarde del viernes, “podemos aprovechar para dar una vuelta, hacer algo, comer, algo así, ¿qué te apetece?”.

Yo estaba nervioso, para qué voy a decir que no. A estas alturas ya había empezado a imaginar todo tipo de posibles futuros con Miren, y en casi todos éramos felices para siempre con ocasionales episodios de desnudez. Pero yo siempre he sido muy parado para estas cosas: necesito indicaciones luminosas y una señal divina escrita en los cielos para animarme a dar un paso; o eso, o que sea la chica la que tome la iniciativa. La otra vez, cuando salimos, fue Miren la que me cogió de la mano, me dijo, “tú, el chico silencioso, ven aquí un momento” y empezó a enrollarse conmigo detrás de una columna del claustro de la universidad.

Si no, de qué.

En fin, llegó el viernes. Me puse una camisa de cuadros aunque un poco más elegante que la media de todas mis camisas de cuadros, pero me la dejé por fuera del pantalón para no parecer demasiado burgués. La esperé sentado en la orilla de la ría, detrás del Guggenheim, junto a la escultura de la araña gigante. Ella salió a eso de la una y media. Venía bonita, claro, preparada para el trabajo, toda de negro, con un andar algo de chico malo y una sonrisa cruzada en la cara.

Se plantó delante de mí, y yo no sabía muy bien qué hacer, darle dos besos, darle uno directamente, darle la mano en modo irónico, esperar a que ella hiciera algo… Nos saludamos y nos quedamos sonriendo, el uno enfrente del otro.

-¿Qué tenemos, quince años? -dijo Miren por fin, y me dio un abrazo que duró más de lo normal pero menos de lo que me habría gustado.

Le propuse que subiéramos a Artxanda en el funicular. Siempre me gusta subir a Artxanda por lo menos una vez por año, a ver Bilbao desde arriba. Y además, para qué negarlo, es un plan bonito para hacer en pareja. A Miren le pareció bien. “Pero vamos a comer algo primero, ¿no?”

Así que paramos en un buffet chino en la calle Castaños para ponernos hasta arriba de tallarines con gambas y pollo Kon Pao. Nos reímos bastante, fue como continuar nuestras conversaciones virtuales, pero esta vez en persona.

-¿Cómo me ves? -le pregunté mientras esperábamos a los postres-. Comparado con hace quince años, me refiero.

-Más gordo -me contestó partiéndose de risa.

-Bien, Miren, bien. Muchas gracias

-No haber preguntado.

Y luego, sí, cogimos el funicular para subir a Artxanda. Hacía buen tiempo, bastante calor pero en el monte soplaba una brisa muy agradable. Vimos todo el centro de Bilbao por un lado, y el aeropuerto por el otro, y luego fuimos a sentarnos en la terraza de uno de los restaurantes.

-¿Y tú, cómo me encuentras a mí? -me preguntó Miren mientras se sería el té, como sin darle importancia aunque estaba claro que tenía la pregunta preparada desde hacía un rato.

-Más guapa y más equilibrada -contesté yo, que también tenía la respuesta preparada.

-Eso lo dices solo para que me sienta mal por haberte llamado gordo.

Después Miren propuso que nos fuésemos a la hierba a tomar el sol. Se descalzó y empezó a caminar por el césped, jugando con las briznas de hierba entre los dedos. Luego nos tumbamos a echar la siesta. En realidad, solo Miren se durmió: yo me quedé despierto, no por nada sino porque no tenía ganas de dormir, y miraba a Miren que estaba con los ojos cerrados y una media sonrisa en la cara, apacible y aparentemente feliz.

Y yo me sentía afortunado, aunque nervioso e inseguro al mismo tiempo. ¿Y si Miren no estaba pensando en lo mismo que yo? ¿Y si ella estaba soñando con alguien de su trabajo o de su cuadrilla, un chico alto, guapo, musculoso, inteligente, un animal en la cama y un caballero en el resto de cuartos? ¿Y si ella solo estaba recuperando una amistad que le traía recuerdos de otra época?

Asi que, como suelo hacer, no hice nada. Cuando Miren se despertó miró al reloj y dijo que huy qué tarde, que tenía que irse a coger el autobús para Vitoria, que iba a pasar el fin de semana con sus padres. Bajamos en el funicular y cruzamos la ría para que ella pudiera coger el tranvía hasta Termibus.

Nos despedimos con un abrazo. Con un abrazo. Con un puto abrazo.

 

En el próximo capítulo: Miren tiene algo que contar

Anuncios

3 pensamientos en “Todo tiempo pesado (8): Reencuentro

  1. Pingback: Todo tiempo pesado (7): Miren cuenta su vida | Como un libro abierto

  2. Pingback: Todo tiempo pesado (9): Tengo algo que contarte | Como un libro abierto

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s