Así se pierde el mundo

Es así: cuando me subo al metro abro mi libro y me abstraigo de la realidad. No sé dónde, cuándo, con quién estoy; estoy en otro sitio, en otro lugar, en otro mundo. Luego en un momento levanto la vista y pienso: “La siguiente parada va a ser Campo Grande, o la vida no tiene ningún sentido”; “si esta parada no es Baixa-Chiado, se acabó todo, adiós” o “como no lleguemos ya a Saldanha, el mundo está condenado”. Y la siguiente parada es Saldanha, y el mundo se salva. Y la gente no sabe lo que me debe, y sigue con sus vidas como si no hubieran estado a punto de ver el universo salirse de sus ejes, dislocarse, alejarse de sí mismo girando en espirales cada vez más amplias.

Claro que juego con cartas marcadas, porque por muy abstraído que esté en mi libro, me he montado tantas veces en la misma línea de metro que no necesito saber cuánto tiempo o cuántas paradas han pasado para saber exactamente en qué punto estamos. Y aunque por un momento me distrajese completamente, podria situarme de forma casi instantánea gracias a signos casi imperceptibles, como las manchas de la pared del túnel, el ruido de las ruedas en los raíles o las caras de las personas que viajan conmigo.

Así salvo al mundo cada día. Hasta que un día decido no salvarlo. Decido destruir el mundo, fallando a propósito en mi predicción. Así, cuando estamos llegando a Alameda, decido pensar en la parada incorrecta; pero no un poco incorrecta (São Sebastião, Arroios, Areeiro), sino tan incorrecta que no tenga absolución posible: una parada que no sea de la línea correcta, ni de la ciudad correcta, ni del país correcto. “Si la siguiente parada no es Retiro, va a suceder una catástrofe”, pienso.

Y la siguiente parada no es Retiro, naturalmente. Las ruedas del metro chirrían en los raíles de una forma extraña. Noto cómo me late el corazón en el pecho. Sudo. Qué he hecho, por qué, qué desastre. Quién soy yo.

Tan aturdido estoy que decido bajarme del metro. Es una parada en la que no me he bajado nunca; no la reconozco, no reconozco nada. En las escaleras mecánicas hay un espejo, pero por el ángulo en el que está situado no me refleja a mí, y sí al resto de los pasajeros. Por un canalillo pegado a la pared corre un agua que parece no salir de ninguna parte.

Cuando llego a la superficie miro a mi alrededor. No sé dónde estoy, pero sé que aquí yo soy un extranjero -lo que no es muy difícil de acertar porque soy extranjero en todos los países menos en uno. Me acerco a un caminante y le pregunto, en español, esperando que me comprenda: “Perdone, ¿sabría cómo puedo volver a mi casa?”

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