Todo tiempo pesado (7): Miren cuenta su vida

En el capítulo anterior: Miren y Santi intercambian y comentan sus creaciones.

“Pues mira, fue así. Nosotros lo dejamos, ¿cuándo?, ¿en el 2000? No, antes, en el 97, 98, no sé, da igual. Yo me fui a Bellas Artes, ya sabes, y dejamos de vernos. Los años en Bellas Artes fueron una puta locura. En el buen sentido. Casi siempre. Nos salía creatividad por los poros, creatividad y ganas de prenderle fuego a la vida, era todo en plan ‘Vamos a denunciar la mentira del sistema’, ‘Hay que acabar con los artistas chupópteros’, ‘La burguesía es el mal’, ese plan. Y muchos porros también.

Esa es la época en la que más experimenté. En todos los sentidos. Si hubiéramos seguido juntos creo que no habría podido hacer todo eso, y la verdad es que necesitaba hacerlo. Lo más sonado que hicimos fueron unas intervenciones artístico-políticas que hasta salieron en los periódicos. Yo salí en los periódicos, concretamente, protestando en bolas enfrente de la Delegación del Gobierno. A unos colegas míos les acusaron de kale borroka por tirar pintura al cuartel militar, les cayeron varios meses de cárcel y unas multas gordísimas. Y unas buenas hostias en comisaría, eso también.

En fin, terminé Bellas Artes y me salieron unas prácticas, una estancia, vamos, en Munich. Munich estaba muy viva en aquella época. Bueno, todavía está muy viva, dicen, no lo sé, yo ya he perdido el contacto, y el interés, hasta cierto punto.

El caso es que Munich fue al mismo tiempo un aprendizaje estupendo y una decepción tremenda. El mundo del arte, cuando sales a mar abierto, es una selva. Los artistas se dividen en locos, trabajadores y trepas. Los locos son los más geniales pero también los más destructivos; los trabajadores, bien, saben lo que hacen, lo hacen bien, dedican su vida a eso, muchos consiguen salir adelante; y luego están los trepas, que saben detectar las modas, lo que se lleva, lo que vende, y a quién vendérselo, y hacen política del arte, no política con el arte. Y esos son los que casi siempre llegan a grandes nombres. Es muy triste.

Tuve experiencias cojonudas, expuse obras mías en galerías importantes, bueno, más o menos importantes, no lo sé, a mí me parecían el MoMA. Vendí un par de cuadros y me gasté el dinero en petas y birras para todos mis amigos. Pero luego empecé a sentir el techo de cristal, lo que se suele llamar el techo de cristal. No sé si por ser mujer o por ser extranjera, y además del Sur, fíjate tú. Las personas importantes, los que de verdad mandaban, se conocían entre ellos, todos, se hacían la pelota unos a otros, y a mí me trataban bien, o sea, eran simpáticos, pero también un poco condecendientes, paternalistas, en plan ‘mira esta chica qué cosas tan monas hace, y además es exótica, ¡qué guay!’, en ese plan. O a lo mejor es que realmente no soy lo bastnate buena, no lo sé, no quiero ir de artista maldita…

También me lié con un chico. ¿Qué te crees, que has sido el único? Jejeje. Era un gilipollas, no sé si era tan brillante como él pensaba, pero desde luego oyéndole a él parecía que era Van Gogh, Picasso y Basquiat en una sola persona. Era mayor que yo, bastante mayor, o sea, de la edad que tú y yo tenemos ahora, más o menos. Jejeje. Estuvimos juntos casi dos años, casi todo el tiempo que estuve en Munich. Él se liaba con todas las que podía, pero a mí me parecía casi normal, la nuestra era una relación desequilibrada, él era el genio brillante y atractivo y yo era nadie, no era nadie. No te molesta que te cuente estas cosas, ¿no, Santi?

Munich se terminó cuando se terminó mi periodo de prácticas, cuando se terminó mi relación con Max y cuando descubrí que estaba agotada, deprimida y decepcionada. El artista que me acogió en las prácticas tenía ayudantes más jóvenes y más creativas en las que fijarse, yo no había vendido una obra en meses y mis padres me daban la barrila para que volviera a casa, que volviera a casa, cariño, que tú en Alemania no estás bien. Razón no les faltaba.

Y en fin, volví a casa. Había alguna posibilidad de irme a París con unas amigas, pero al final no me animé. Una de ellas estaba colada por mí, y a mí también me parecía atractiva, seguro que no te molesta que te diga estás cosas, ¿no?, pero yo no me animé, ni a irme a París ni a liarme con ella. Igual me habría ido mejor. Jejeje.

Volver a casa fue deprimente pero al mismo tiempo me salvó la vida, por decirlo así, o igual literalmente, no quiero ponerme dramática. Estaba del mundo artístico hasta las narices, pasé unos meses trabajando de camarera y viviendo con mis padres, un infierno, claro, después de haber vivido fuera, pero qué le vamos a hacer. Dejé de pintar, de dibujar, de esculpir, dejé todo, incluso quemé los cuadros que tenía por casa y tiré todos los materiales a la basura, así de harta estaba de todo. Un poco dolida en el orgullo, también, en plan “pues si no me quiere reconocer, ellos se lo pierden”, en ese plan.

Y luego salió lo del Guggenheim, que no es que sea ninguna maravilla pero me da para vivir en un piso compartido en Bilbao. Voy, vengo, vendo lápices, voy al gimnasio, como muchas verduras, veo Gran Hermano con mis compañeras de piso, tengo facebook, compro ropa en Zara, en fin, me he convertido en una chica normal, ya ves. ¿A ti qué te parece? ¿Sigues pensando que me he traicionado, o solo he evolucionado, como dicen los que no quieren admitir que se han traicionado a sí mismos?

En fin, esa es mi vida, ya ves, nada demasiado dramático, solo un pequeño naufragio y una aceptación de la normalidad.

Luego nos vemos en el facebook y hablamos de cosas normales. ¡Un beso!”

 

En el próximo capítulo: Miren y Santi se vuelven a encontrar en Bilbao.

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2 pensamientos en “Todo tiempo pesado (7): Miren cuenta su vida

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