Jessica Hetherson, escritora y escritora

Jessica Hetherson, nacida en Boston en 1883, fue una escritora de novelas post-románticas de enredo sentimental y social, de notable éxito en los circuitos urbanos de la costa Este estadounidense; varias de sus obras fueron adaptadas por los estudios de Hollywood en las décadas de 1930 y 1940, aunque sin que ninguna obtuviese el mismo éxito que las novelas en las que se basaban; por el contrario, Jessica Hetherson, nacida (por decirlo así) en 1923, fue una escritora de poesía comprometida, no ajena al vanguardismo europeo, amante (dicen algunos, aunque sin pruebas) de Bertolt Brecht y que tuvo una influencia poderosa (esto sí parece indiscutible) en la vida y la obra de Anne Sexton, Sylvia Plath o Simone de Beauvoir, entre muchas otras.

Esto no pasaría de ser una curiosa coincidencia de nombres, si no fuera porque Jessica Hetherson y Jessica Hetherson fueron, en realidad, la misma persona. O no. Será mejor explicarlo con calma.

A principios de 1923, Jessica Hetherson era la personificación del éxito. Sus libros eran leídos y admirados por el público estadounidense (el británico se le resistía algo más, y una parte de la crítica la despreciaba por facilona, por repetitiva y, también, por ser mujer). Estaba casada con un industrial del petróleo, que tenía casas en todos los lugares en los que la gente de esa posición económica se supone que debía tener casas. Juntos habían conocido el mundo. Algunas de sus fiestas pudieron servir de inspiración para las que Scott Fitzgeral retrata en El gran Gatsby.

Pero en abril de ese año, a solo unos meses de su 40.º cumpleaños, Jessica tuvo un accidente de equitación. Cayó del caballo, se quedó inconsciente, la llevaron a casa, trajeron los mejores médicos del país e incluso de Europa. Cuando Jessica despertó de su coma, había perdido el habla, así como la capacidad de leer y escribir.

La familia Hetherson, el público y (ahora sí) la crítica cayeron en la desesperación. ¡Que una escritora tan talentosa como ella perdiese las habilidades lingüísticas! ¡Ironías del destino! Jessica, sin embargo, debió de pensar que el destino se podía meter sus ironías por cualquier rincón, y dedicó los siguientes diez años no solo a volver a aprender a hablar, leer y escribir como cualquier persona, sino a volver a ser, por vocación y por decisión, escritora.

Lo que ocurre es que ya no era la misma escritora. Será porque el accidente la había cambiado como persona; o porque había leído libros que nunca antes había leído (algo así como San Ignacio leyendo vidas de Santos); o porque su lucha por recuperar su vida la había hecho solidaria con otras luchas; sea por lo que sea, el caso es que la Jessica Hetherson que surgió después del accidente era una escritora completamente diferente de la anterior, estilística, temática y hasta ideológicamente. “La caída me robó el habla, pero en cambio me abrió los ojos; yo estaba ciega, ahora veo y puedo escribir sobre lo que veo”.

Esta segunda Jessica Hetherson despreciaba a la primera; escribió artículos brutales contra sus propias obras, por lo que tenían de edulcoradas, de conformistas, de pequeñoburguesas. Gastó una cantidad no despreciable de su fortuna (de la fortuna del marido) en comprar los ejemplares restantes en almacén de sus libros, para destruirlos. Ese fue el último uso que dio al dinero de su marido, y a su marido, porque se separó de él a principios de la década de los años 1930 y nunca volvió a verlo (a pesar de lo cual nunca se oyó una mala palabra de ella hacia él, o de él hacia ella; simplemente se habían distanciado a causa de cierta caída).

A diferencia de la primera Jessica Hetherson, la segunda Jessica Hetherson fue ignorada por el público y aclamada por la crítica especializada; sus textos se relacionaban directamente con el surrealismo francés o el futurismo ruso, siempre en sus versiones más combativas y comprometidas. Sus primeros poemas feministas son casi contemporáneos a Una habitación propia de Virginia Woolf, aunque mucho menos conocidos, por razones de diverso tipo. “Cuando conseguí ver claramente el modo en el que la sociedad, y dentro de la sociedad los hombres, tratan a las mujeres por razón de su sexo, me pregunto cómo es que antes no conseguía verlo; cómo es que podía ser feliz, o creía serlo, mientras me transformaban en una muñeca, en un juguete, en un simulacro de ser humano para divertimento de la mirada masculina”, escribió en 1936 en una carta dirigida a la propia Virginia Woolf.

Tras la muerte de Hetherson, en 1952, algunos críticos, ligados generalmente al ala más conservador de la academia estadounidense, comenzaron a poner en duda la versión oficial de la biografía de Hetherson. Según algunos, nunca hubo ningún accidente de equitación, la pérdida del habla y su recuperación milagrosa: toda la historia recordaba demasiado a la caída del caballo de San Pablo, se notaba a la legua, decían, que era una invención literaria. En realidad, Hetherson no pasaba de ser una señorita bien que un día había sucumbido al virus del comunismo-feminismo (todo está relacionado) y al antiamericanismo más feroz. Sus obras verdaderas eran las primeras, las novelas románticas que mostraban que la felicidad reside en la familia, en el hogar, en la sumisión de la mujer al hombre. Lo otro eran los gritos histéricos de una loca, y nada más.

Entre los críticos de izquierdas, quizás influidos por una deconstrucción no demasiado bien digerida, tampoco faltaban los que negasen la transformación de Hetherson. Para John Livingston, de la universidad de UCLA, por ejemplo, la verdad era otra: en realidad, las novelas sentimentales de la primera época debieron ser escritas por el marido de Jessica, quien avergonzado ante la posibilidad de que su nombre se viera asociado a un género tan poco masculino las publicó bajo el nombre de su mujer. La caída del caballo y el largo periodo de silencio que siguió no fue, según este crítico, sino un periodo de reclusión al que Jessica fue sometida una vez que decidió que ya no soportaba más aquella mentira.

Diversos estudios más o menos exhaustivos han comparado la obra de ambas Jessica Hethersons, con resultados dispares. Un análisis estilístico-estadístico llevado a cabo con ayuda informática en 1999 en el MIT demostró que, efectivamente, las obras de ambas escritoras (la obra de ambas fases de la misma escritora) no compartían ni un mismo léxico ni unas mismas estructuras morfológicas y sintácticas -algo que, en parte, puede estar justificado por el diferente género literario en el que se desarrollaron.

El nombre de Jessica Hetherson ha pasado por lo tanto doblemente a la historia de la literatura estadounidense, aunque siempre en un segundo plano en comparación con sus contemporáneos, como Upton Sinclair o incluso Edward Bellamy. También en la historia de la Psicología Clínica su nombre suele aparecer mencionado en el capítulo sobre la afasia, a modo de curiosidad.

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