Todo tiempo pesado (5): Conversaciones

En el capítulo anterior: Santi y Miren recuerdan las cartas que se intercambiaron en su juventud.

 

Los emails entre Miren y yo se volvieron habituales en las semanas siguientes, a un ritmo casi diario; también chateábamos en facebook algunas noches, si coincidía que estábamos los dos conectados. (Yo, la verdad, solía estar en línea solo para ver si aparecía ella). Hablábamos, como en nuestras cartas, de la vida y del mundo, aunque ya no con las pretensiones de los veinte años. Más bien con el falso desengaño de los treinta y tantos. “Qué jóvenes éramos cuando éramos jóvenes”, ese estilo.

De hecho, lo que más me gustaba de Miren, antes como ahora es que podía hablar con ella de cualquier cosa, desde las tonterías más absurdas a las verdades más profundas de la vida (si es que eso está a nuestro alcance, que lo dudo).  Es probable que en este caso me ayudase a sentirme a gusto el que la comunicación fuese escrita y a distancia: en el chat del facebook me animaba a bromear con ella, o a sincerarme, o a preguntar cosas que no me habría atrevido si hubiésemos estado tomando un café cara a cara. Que nos hubiéramos visto mutuamente desnudos y borrachos como cubas (a veces las dos cosas al mismo tiempo) también ayudaba a crear una cierta intimidad, claro.

Después de varios emails, y visto que la comunicación volvía a ser fluida y amistosa, era casi inevitable que en algún momento hablásemos de nuestra antigua relación. Del tiempo que pasamos juntos. De nosotros, pero nosotros en tiempo pasado.

La cosa fue más o menos natural, o más o menos forzada, según cómo se mire. Estábamos charlando (chateando) de cosas sin importancia, y un poco para llenar un vacío (o esa impresión me dio a mí) ella me contó que una amiga suya había roto con el novio, él se había ido a Londres a trabajar, lo habían hablado, habían decidido que era mejor dejarlo, qué pena, sí, así es el mundo, así es la vida, sí, qué pena. No sé si sería verdad, o si lo dijo para poder introducir después el tema de nosotros.

-Eso es más o menos lo que nos pasó a nosotros -le dije, o mejor dicho, le escribí-. ¿No te parece?

-¿Tú crees? -contestó ella.

-Sí. Puede ser. ¿Tú qué crees?

-No lo tengo tan claro yo, la verdad.

-¿Crees que nos habríamos separado en cualquier caso? ¿Aunque no te hubieras ido a Vitoria?

-Sí, creo que sí. Igual no en ese momento, igual habríamos seguido juntos un tiempo pero habríamos terminado separándonos de todas formas. Sí, seguro, casi seguro, creo que sí.

-¿Por? ¿No éramos felices juntos? 😉

-No lo sé. Creo que éramos felices, pero no juntos. Fuimos felices cada uno por nuestro lado, no como una pareja, y luego dejamos de ser felices, y entonces yo me fui a Vitoria y ya dio igual, no tuvimos que hablarlo ni que romper y llorar y esas cosas que se hacen en estos casos. Pero nosotros ya no éramos nosotros, si lo piensas. Si es que alguna vez nosotros fuimos nosotros, ya me entiendes, ¿me entiendes?

Aunque tuviera razón, algo en la forma de decirlo me hacía sentir ligeramente ofendido.

-Pues yo tengo buenos recuerdos de nuestra relación…

-Yo también. Pero en mis recuerdos tú no ocupas mucho espacio, espero que no te importe que te lo diga así. Yo estoy en primer plano, experimentando, jugando, disfrutando, bebiendo, fumando porros, y tú al fondo, en segundo plano y algo borroso, realmente no sé ni lo que estás haciendo tú en esa imagen.

-Pues vaya…

-No es que no me gustaras, no lo sé. Éramos jóvenes, estábamos conociéndonos, yo estaba conociéndome, era todo muy divertido y un poco egoísta.

Se hizo un breve silencio en el chat. Tenía que reconocer que había algo de verdad en lo que decía, también por mi parte: cuando pienso en el tiempo que estuvimos juntos Miren y yo, pienso en mí: en mis inseguridades, en mis miedos, la forma en la que a mí me afectaba la relación con Miren. Me sorprende, visto desde ahora, el poco tiempo que dedicaba a pensar en el efecto que yo podía tener en ella; o nuestra relación.

-Déjame que te pregunte una cosa -dijo Miren, para romper el silencio, o porque tenía miedo de que me hubiera enfadado-. ¿Tú crees que éramos felices?

-No lo sé, yo tampoco. Éramos jóvenes, como dices. Todo era la primera vez. Es fácil ser feliz cuando se es joven. Y desgraciado. Y egoísta. No lo sé.

-O sea que tú también crees que nos habríamos terminado separando.

Pues los dedos en el teclado y no supe qué contestar. Pensaba que sí, que nuestra relación no habría durado: yo habría terminado con una crisis nerviosa, o Miren con una depresión post-aburrimiento. Pero me negaba a escribirlo, por algún motivo.

-A pesar de todo -insistí en cambio- yo tengo muy buenos recuerdos de aquellos meses. Los repetiría, sin ninguna duda.

Pasó un momento antes de que llegase la respuesta de Miren.

-¿Quieres decir que los repetirías entonces, o que los repetirías ahora? 😉

No voy a negar que sentí un cosquilleo en la imaginación. Le respondí con otro smiley con el ojo guiñado. Es lo bueno de las ambigüedades: que son ambiguas.

 

En el próximo capítulo: Miren pinta; Santi escribe.

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5 pensamientos en “Todo tiempo pesado (5): Conversaciones

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