Todo tiempo pesado (4): Cartas

En el capítulo anterior: Santi y Miren intercambian mensajes por facebook y se reconcilian

 

Este intercambio de emails me trajo a la memoria, inevitablemente, otro intercambio parecido que Miren y yo mantuvimos durante nuestra época de novios. Nos escribíamos cartas, en una época en la que ya casi nadie se escribía cartas, y a pesar de que nos veíamos casi a diario. (Todavía hace poco las vi, las cartas, metidas en una caja encima de un armario en casa de mis padres en Bilbao). No eran cartas en las que nos contásemos cosas. Nos veíamos a diario, ¿qué más íbamos a tener para contarnos? Eran cartas en las que arreglábamos el mundo, por decirlo así, empezando por nosotros mismos.

En las cartas que nos mandábamos se veía lo que teníamos en común, y también lo que nos diferenciaba. Los dos escribíamos como adolescentes (los 20 son los nuevos 15), y creo que los dos intentábamos impresionarnos mutuamente, aunque ella estaba más a sus anchas que yo en el mundo de las grandes palabras y los grandes gestos. Hablábamos de dios y del destino, de la muerte y del amor como si tuviéramos ochenta años y hubiéramos luchado en tres guerras mundiales y dos revoluciones francesas. Éramos, los dos, un poco snobs, un poco engreídos y muy ingenuos, aunque nos creyéramos todo lo contrario.

Las cartas de Miren mezclaban palabra y dibujo. Ella era entonces (y ahora, siempre) mucho más visual que yo: mis cartas eran prácticamente solo texto, aunque a veces me arrancase con algún garabato que no siempre representaba lo que yo quería que representase. Miren dibujaba flores, caras, ondas, grecas, diseños abstractos, paisajes enteros, el retrato de su propia mano, arquitecturas imperiales que representaban la Babilonia futura, o la planta de la catedral de Vitoria con todo detalle. Yo una vez le intenté dibujar un gato y ella me preguntó por qué ese oso tenía unos bigotes tan largos.

No recuerdo exactamente los términos en los que yo le escribía, pero puedo imaginar que sería algo así: “Nada tiene sentido, solo nosotros mismos. Nosotros mismos somos La Verdad, hacemos La Verdad. Tenemos derecho (¡¡¡TENEMOS DERECHO!!!) a construir un mundo nuevo sin cargar con los pecados de nuestros padres. ¿Por qué no empezar de cero? ¿¿Por qué no podemos empezar de cero?? ¿¿¿Por qué no podemos empezar de cero??? Dime, ¿por qué, quién ha dicho que no podemos empezar de cero? El amor lo puede todo, pero no quieren que triunfe el amor. ¿¿¿Para qué sirve el dolor??? La belleza está en los ojos de quien mira”, etc.

No he releído ninguna de aquellas cartas, porque me da miedo avergonzarme de lo que encuentre dentro.

Una vez Miren me envió una carta erótica, en la que iba describiendo con palabras e ilustrando con dibujos uno de nuestros encuentros en los baños de la estación de autobuses. Esa carta la guardé en un sitio especial, para que mis padres no la encontraran nunca, nunca, nunca. Y tan bien la guardé, que no he conseguido volver a encontrarla, nunca, nunca, nunca.

Una tarde, varios días después de nuestro intercambio de mensajes, vi que Miren estaba conectada al chat del facebook. “Hola, qué haces”, le pregunté. “Aquí, preparando la cena. / ¿Y tú?”. “Descansando. / Sabes, me he estado acordando de las cartas que nos escribíamos cuando salíamos. / ¿Te acuerdas?”

Tardó un momento en responder. Luego apareció “Miren está escribiendo”. Y después, por fin: “No te rías pero el otro día el fin de semana después de que nos viéramos fui a buscar las cartas en mi casa en Vitoria y me las leí todas.”

Otra pausa. Luego, otra vez: “Miren está escribiendo”. Y luego: “Qué imbéciles éramos. / Jajajajaja”. “Jajajajaja”, escribí yo, aunque no me había reído, claro. “Jajajajaja”, escribió ella, que probablemente tampoco se había reído. Y luego: “Me voy a cenar, Santi. Hablamos otro día”.

Sí, claro. Hablamos otro día.

 

En el próximo capítulo: Santi y Miren recuerdan el tiempo que pasaron juntos y el motivo de su separación.

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Un pensamiento en “Todo tiempo pesado (4): Cartas

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