El congreZo

Esa mañana tenía que hacer una presentación en un congreso sobre nacionalismo. Estaba nervioso, porque el material era nuevo, estaba poco trabajado, y porque me habían puesto en una mesa mano a mano con uno de los catedráticos de Historia de la universidad. Me había pasado la noche soñando con la presentación; con eso, y con los zombis.

Aunque a los zombis, la verdad, ya no les tenía demasiado miedo. Después de los primeros meses de pánico y muerte por los dos bandos, se había llegado a una especie de armnisticio: los zombis no salían de sus zonas valladas y los vivos no mataban zombis si no era estrictamente necesario. (El movimiento Los Zombis Son Personas, o LZSP, había hecho mucho al respecto, también es verdad). Claro que las cosas no siempre funcionaban así, y casi a diario se oían noticias de ataques zombis o de nuevos infectados; pero por lo menos habíamos conseguido recuperar una cierta apariencia de normalidad.

Así que me preocupaba más un catedrático vivo que centenares de zombis muertos, lo que seguro que habría parecido raro a todos aquellos que no han vivido en estos tiempos desgraciados. A todo se acostumbra uno, hasta a la visión de la carne humana putrefacta pero (en cierto sentido difícil de precisar) viva.

Salí a la calle y husmeé el aire. Estaba fresco, lo que era una buena n0ticia: los zombis se ponen más revueltos con el calor, quizás porque notan que se pudren más rápido. (No sé si se puede decir que les duele, visto que su cerebro ya no funciona).

Me acerqué a la parada de autobús. Faltaban veinte minutos para que llegase el mío. No me importó demasiado: así tuve tiempo de revisar mentalmente mi presentación, e incluso hacer (mentalmente) algunas modificaciones.

A mi espalda estaba una de las vallas separadoras de territorios zombis. Me giré y vi que uno de ellos estaba mirándome fijamente. Me dio la impresión de que tenía una expresión triste, aunque puede que fuera porque uno de sus ojos había estallado y el líquido vítreo se le escurria por la cara como un lagrimón enorme.

Llegó, por fin, el autobús. Empezaron a temblarme las piernas, porque cuanto más me acercaba a la universidad más me acercaba al momento de hacer mi presentación. Al momento humillante en que el catedrático me hace preguntas a las que no sé responder, críticas de las que no sé defenderme, comentarios que demuestran que sabe mucho más de mi tema que yo. “Adiós, zombi lloroso, a lo mejor tú, que ya no piensas, tienes una mejor vida que yo”.

El autobús atravesó otra zona vallada, con apertura automática. A veces un zombi se queda parado en mitad del paso y se niega a moverse. Los autobuseros -y los taxistas- por lo general no dudan en acelerar y atropellarlos: por eso los autobuses están reforzados con parachoques extra, por delante y por detrás. Según el Acta de Protección Zombi, deben evitarse este tipo de muertes innecesarias, pero ¿quién va a saberlo? Y además, ¿vale, la vida de un zombi, un posible retraso de diez o quince minutos?

Antes de llegar a la universidad decidí eliminar dos de mis diapositivas para la presentación. Eran las que me hacían sentir más inseguro. ¿Para qué darle carnaza al catedrático? Mejor ceñirme a lo que sé, a lo que creo saber, a lo que puedo fingir que sé.

El congreso era en el Anfiteatro I, el grande. Cuando entré estaba ya bastante lleno. Unas cincuenta personas, ningún zombi. (A veces los zombis entran en la Facultad y los estudiantes los visten con túnica y les hacen novatadas).

Cuando llegué al estrado vi que los organizadores estaban muy circunspectos, más todavía de lo que exige la organización de un congreso como este, con catedráticos y todo. “¿Qué pasa?”, les pregunté. Me miraron. “¿No te has enterado? El profesor Méndez ha muerto. Un ataque zombi”, dijo uno de los organizadores. “No se puede confiar en esos apestosos”, dijo el otro.

Mentalmente, di las gracias a ese zombi que me había ahorrado un posible mal trago. Seré insensible, pero es que convivir con la muerte a diario te insensibiliza, no hay vuelta que darle. (Uno de esos zombis, por ejemplo, es mi hermana, que se infectó en los primeros días y no he vuelto a saber nada de ella. A lo mejor ya está muerta, quiero decir, remuerta, o a lo mejor fue ella la que atacó al catedrático; aunque eso sería mucha casualidad).

Como the show must go on (si dejásemos de vivir cada vez que alguien muere en un ataque zombi no podríamos hacer nada), hice mi presentación según lo planeado. Libre de la sombra del catedrático, me sentía más relajado y más seguro; creo que hice un buen papel. Al final la gente aplaudió; por la ventana se oían aullidos, y algunas explosiones. Lo normal.

 

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