Todo tiempo pesado (3): Reconciliación

En el capítulo anterior: Santi se enfrenta a su antigua novia, Miren, y no sale muy bien parado.

 

Pasaron varios días, en que casi me olvidé de mi conversación con Miren. Pero solo casi. Para sentirme mejor conmigo mismo, publiqué tres entradas seguidas en el blog: una sobre Alicia, otra sobre Ruritania y una tercera sobre los efectos perniciosos de que te caiga el cuerpo de un suicida en la cabeza. “¿Ves como no he dejado de escribir, Miren?”, pensaba. (O sea, que en realidad no me había olvidado de nuestra conversación en absoluto).

Como la cosa no podía seguir así, porque estaba afectando a mi sueño, a mi trabajo, a mi rutina, a mi autoestima y a mi acidez de estómago, me decidí y busqué a Miren en el facebook, y estaba. (La revolucionaria antiburguesa, rendida a los encantos de la globalización, ya ves tú. Ja. Jaja). Antes de añadirla como amiga le envié un mensaje privado a través del propio facebook. Y como ya se imaginarán los que me conozcan a mí y a mi pánico a los conflictos, era un mensaje conciliador, aunque sin ceder en lo fundamental.

“Quería pedirte disculpas”, decía, “por haberte interrumpido así en medio de tu trabajo, en circunstancias en las que no podías actuar con libertad ni responder a mis palabras en igualdad de condiciones. Dije cosas injustas, o al menos poco agradables, que no merecían ser dichas de la forma en la que fueron dichas. O que no merecen ser dichas, simplemente. Quizás sea verdad que ni tú ni yo hemos cumplido algunos de los sueños que teníamos cuando nos conocimos. Pero fue muy poco simpático por mi parte abordarte así. Y por eso te pido perdón. Espero que lo aceptes”.

En realidad, era un mensaje tramposo: adoptando una actitud humillada y culpable, lo que en realidad quería conseguir es que fuera ella la que me pidiese perdón a mí, que se retractase de sus palabras en el museo y me dijese que estaba todo bien, que no me preocupara, que era estupendo, que no necesitaba cambiar nada en mi vida. (Por qué necesitaba tan desesperadamente que una antigua novia con la que había perdido el contacto me pidiese perdón, me absolviese, me diese su bendición y aprobase mi estilo de vida, es algo que debería comentar largamente con mi psicoanalista, si tuviera un psicoanalista).

Y lo peor es que mi táctica de manipulación psicológico-afectiva resultó. Un par de días después recibí de Miren dos cosas: una solicitud de amistad en el facebook y un mensaje tan conciliador como el mío.

“Gracias por tu mensaje”, decía, con una ortografía de sms que no voy a reproducir aquí. “Lo del otro día en el Guggenheim a mí también me dejó de muy mal rollo. Fuiste muy borde. Muy borde. Tú no solías ser borde, la borde solía ser yo, así que me sorprendió, me dejó mal. Me hizo pensar en cosas. Malas, cosas que no me gusta pensar. Claro que para mí no es fácil haber dejado mi carrera artística, algún día te contaré cómo pasaron las cosas y lo entenderás. Pusiste el dedo en una llaga, qué frase más tópica, pero bueno, no voy a borrarla ahora que ya la he escrito. Estoy intentando encontrarme a mí misma otra vez, no es fácil, ¿sabes? ¿Quién soy yo?, yo era una pintora que me imaginaba que iba a tener una carrera artística, creía que podía destruir el sistema con el arte, creía que otro mundo era posible y ahora vendo gomas y lápices de colores a turistas ricos que llevan gafas de sol dentro del museo, qué mierda. En fin, gracias por escribirme, y si quieres volver a escribirme me parece bien. Y si no pues también. Agur, Miren.”

Acepté su solicitud de amistad y, naturalmente, lo primero que hice fue curiosear su perfil del facebook. Pero no conseguí descubrir gran cosa. Era muy privada, más privada que yo, que no son tampoco un gran exhibicionista. Compartía cosas sobre arte y sobre política, así que supuse que, como para mucha gente, el facebook era para ella una forma de sublimación: hacer virtualmente lo que no conseguía hacer en el mundo real. Ser por proxy. Por lo demás, algunas fotografías de noches de fiesta, algunas excursiones con amigas, muy pocas fotos familiares. (Aunque ahora que lo pienso, yo tampoco tengo fotografías de mi familia en facebook).

Esa misma noche le contesté a Miren con el mismo tono pacificador de los mensajes anteriores, e intentando imitar hasta cierto punto su estilo informal. (No quería parecer pedante aunque, por otro lado, me negaba a escribir con abreviaturas y sin mayúsculas como ella, “ola miren k tal?”).

“¡Hola, Miren! Muchas gracias por contestarme. Me quedo más tranquilo después de nuestras conversaciones del museo. Entiendo lo que dices, y creo que tenemos cosas en común aunque, sí, la vida nos ha llevado por caminos diferentes a los que imaginábamos hace quince años. Por lo menos no estamos tan mal, tenemos salud, trabajo e internet 🙂 Me alegro de haberte encontrado, de verdad. Espero que siga todo bien por ahí. Un abrazo.”

Ella respondió pocos minutos después. “Yo también me alegro de que nos hayamos reencontrado. Y sabes, te conservas bien, jejeje. Un beso.” Y yo: “Tú también estás muy bien conservada, incluso mejoras con los años como el vino, jejeje. Te escribo pronto, cuídate mucho, un beso, Santi”.

Después de enviar el mensaje me arrepentí de haber escrito la tontería eso del vino, pero en fin, ya no tenía remedio. Afortunadamente, Miren tuvo la amabilida de contestarme con un smiley con el ojo guiñado, así que todo estaba bien.

Y así, con el sentimiento cálido y algo pegajoso de la reconciliación inundándome el alma y las fosas nasales, me quedé dormido.

 

En el próximo capítulo: Santi recuerda las cartas que intercambió con Miren en otros tiempos.

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2 pensamientos en “Todo tiempo pesado (3): Reconciliación

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