Recaída

Antes de ayer me emborraché (le podría pasar a cualquiera) y tuve una recaída con Alicia (esto ya no le podría pasar a casi nadie).

La culpa de todo fue de un sueño que tuve, no con Alicia sino con otra novia anterior -sí, hubo vida antes de Alicia-. Cuando me desperté me sentía descansado, relajado, (casi) feliz. “Eso es lo que quiero”, pensé. “Volver a sentirme descansado, relajado, feliz”. Y ese pensamiento, naturalmente, me llevó a Alicia, a pesar de que en los últimos tiempos de nuestra relación yo más bien me sentía estresado, ansioso, insuficiente (pero lo malo se olvida rápido, cuando estás a punto de tener una recaída).

Así que esa noche me emborraché, en parte porque eran las fiestas de Lisboa pero también en parte, al menos inconscientemente, para tener una excusa para llamar a Alicia. No era yo, fue el alcohol, etc.

La llamada se produjo a las 2.17 A.M. Lo sé porque me lo dice el registro del móvil. Alicia no contestó inmediatamente. Quien contestó inmediatamente fue una voz de hombre.

-¿Alicia?

-¿Quién es?

-¿Alicia?

-¿Quién llama?

-¿Alicia?

-Alicia, es para ti.

Y esta vez ya sí se puso Alicia. De fondo se oía música típica de fiestas, aunque no supe reconocer exactamente cuál.

-¿Quién es?

-¡Alicia!

-Sí, soy yo. ¿Quién es?

-¡Cómo que quien es! ¡Soy yo!

-No oigo bien. Este no es mi móvil, tengo redirigidas las llamadas. No sé quién eres. ¿Quién eres?

-¡Soy el fantasma de las navidades pasadas!

Hubo un silencio. (Es un decir, porque tanto en su lado de la llamada como en el mío atronaba la música pimba).

-Santi.

-¡Exacto!

-Santi, ¿qué quieres? ¿Está todo bien? ¿Estás bien?

-Estoy bien. Sí. No. Más o menos.

-¿Estás bien o no?

-No. Llamo para pedirte que me des otra oportunidad. Vamos a volver a intentarlo. Por decimoquinta vez.

Se oyeron ruidos raros, como si Alicia hubiera tapado el teléfono con la mano. Y luego volvió otra vez ella.

-Santi, no digas tonterías. Sabes que estoy saliendo con otra persona.

-Pues déjale. O no, no le dejes. Podemos intentarlo los tres. ¿Es guapo?

-Por favor, Santi.

-A mí no me importa, no soy celoso.

-Santi, ahora no puedo hablar bien. Esta no es forma de decir las cosas, pero tú te lo has buscado. Tengo algo que decirte. Me voy a casar.

-¿Te vas a casa? ¿Tan pronto?

-¡A casar! ¡Me voy a casar con mi novio!

-¿Con el negro?

-¿Qué negro?

-Nada, cosas mías. ¿Pero cómo que te vas a casar con él? Creía que no querías casarte. Conmigo, no querías.

-Eso es porque tú eres un imbécil que me llama borracho a las dos de la mañana.

-¿Cómo?

-Nada, nada. Perdona, no quería decir eso. Venga. Pásatelo bien, Santi, mañana hablamos. O no.

Y colgó. Creí que el mundo había terminado para mí. Creí que nunca volvería a encontrar a nadie. Pensé en mi vida solo, para siempre, rodeado de libros y gatos, oh, oh, oh. Afortunadamente, el alcohol hace maravillas en los dos sentidos: a las 2.32 A.M. llamé a una chica irlandesa muy maja que me habían presentado unos días antes, y le propuse que nos juntásemos para comer una sardina a medias (whatever that means). Al final no conseguimos encontrarnos, pero para cuando llegué a casa ya me había olvidado de Alicia y de la llamada y del negro y su boda.

Esa noche no soñé nada, pero sudé mucho.

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