Altarcitos

Hace unos años, en Lisboa se puso de moda levantar pequeños altarcitos para conmemorar acontecimientos importantes en la vida de la gente. Estos altarcitos solían tener la forma de una hornacina, y estaban fabricados muchas veces a partir de materiales reciclados: una caja de zapatos, una lata de galletas danesas, botellas de refresco, cartones de huevos. Solía haber, también, al pie del altarcito, una nota o cartel explicativo, generalmente lleno de corazoncitos y estrellitas, que indicaba el motivo por el que había sido erigido: “Aquí Erica y Paulo se besaron por primera vez”, “Bajo este farol te conocí, Alessandra” o “Contra este pilón me rompí el dedo pequeño del pie, pero luego se curó”.

Con el tiempo, los altarcitos evolucionaron. En primer lugar, dejaron de ser home made y empezaron a poder comprarse en tiendas especializadas (lo que da idea de su popularidad). Lo que al principio eran pequeños recuerdos personalizados que se llevaba el viento o los servicios de limpieza de la Cámara Municipal de Lisboa, pronto se transformó en una industria de merchandising como las tarjetas de felicitación o los souvenirs para turistas. (Los turistas, por cierto, abrazaron la idea de los altarcitos con fervor, y algunos incluso se la llevaron a sus países, como un virus, aunque solo cuajó en Florencia y en Berlín, por algún motivo).

Otra cosa que empezó a notarse con el paso de los meses fue el distinto nivel adquisitivo de los promotores de los altarcitos (o sea, la lucha de clases en versión Disney). Igual que pasa con los nichos y los mausoleos en los cementerios, los altarcitos se convirtieron en modos de demostrar poder y riqueza: los había de materiales preciosos, de tamaños variados (así que para algunos el término “altarcitos” dejó de resultar adecuado), y en algunos casos hacían gala de un recargamiento estético que parecía destinado a gritar “Tengo dinero” más que “Aquí fue donde abracé a mi padre por última vez”. El carácter perecedero de los primeros altarcitos en materiales reciclados quedaba ya muy lejos de las moles de hormigón o acero que empezaron a aparecer por todos los rincones de la ciudad.

(En la plaza de Marqués de Pombal el dueño de Continente erigió un altarcito de tal tamaño que superaba en altura a la propia estatua del Marqués; dado que entorpecía el tráfico en la rotonda, ya de por sí bastante torpe, el alcalde mandó trasladarlo al Parque Eduardo VII, donde todavía hoy puede contemplarse).

Por un momento, la Cámara Municipal de Lisboa se planteó prohibir la erección (ejem) de más altarcitos, pero los asesores de imagen del alcalde le indicaron que eso podía complicar su reelección, y no digamos ya su intención de concurrir algún día como candidato a la Presidencia de Portugal. Así que al final se optó por el camino contrario: ese año las fiestas de Lisboa incluyeron un “concurso de altarcitos” (que ganó, paradójicamente, un panadero de Oporto), y en uno de los laterales de la Praça de Comércio se abrió un Museu do Altarzinho bastante polémico, porque si hay dinero para eso por qué no hay dinero para, por ejemplo, tanques o submarinos que tanta falta hacen.

Los analistas no conseguían explicar muy bien el origen ni el sentido de esta moda, lo que no quiere decir que no lo intentaran en centenares de páginas y miles de minutos de radio y televisión. Boaventura Sousa Santos lo llamó “la rebelión sólida contra la posmodernidad líquida”, y declaró significativo el que la fiebre de los altarcitos hubiera aparecido en el Sur de Europa (lo que no explica muy bien que la moda también se extendiese a un sitio tan poco meridional como Berlín). Margarida Rebelo Pinto, por su parte, escribió que los altarcitos le parecían preciosos, pero solo los que eran bonitos y brillantes, los otros no, los otros eran horribles y había que quemarlos o aplastarlos o algo.

En todo caso, los analistas no tuvieron mucho tiempo para analizar nada, porque la moda pasó tan rápido como había aparecido, por lo menos entre los lugareños. Los turistas, en cambio, siguieron plantando altarcitos durante mucho tiempo (todavía lo hacen, en realidad), por el mismo motivo por el que los turistas tiran monedas a la Fontana de Trevi, cuelgan candados en el Puente de las Artes de París o le tocan una teta a Julieta en Verona: porque alguien lo ha hecho antes, porque parece divertido y porque la guía Lonely Planet dice que es típico hacerlo.

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