Todo tiempo pesado (2): Confrontación

En el capítulo anterior: Santi se reencuentra con una antigua novia; se abren viejas heridas, y otras nuevas.

 

Pasé una noche horrible. Dormí poco, y durante lo poco que dormí soñé con Miren y con nuestra conversación, que se repetía una y otra vez con variaciones y continuaciones diferentes. En el sueño, en todos los sueños, yo me defendía y conseguía demostrarle a Miren que no tenía razón, que había sido injusta conmigo. Que había sido una borde. Que tenía que pedirme perdón (y, en el sueño, me lo pedía). En algunas versiones acabábamos besándonos. (En otras no). Luego la conversación volvía a empezar y yo buscaba nuevos argumentos para defenderme.

Cuando me desperté (o mejor dicho, cuando se hizo de día, porque dormir no había dormido mucho) sabía lo que tenía que hacer. Les dije a mis padres que antes de ir al aeropuerto tenía que hacer un recado, y me planté otra vez en la librería del Guggenheim. Miren estaba detrás del mostrador. En ese momento estaba atendiendo a una clienta, que parecía muy interesada en el catálogo de la exposición polinesia. Pasaba las páginas una a una y las comentaba con Miren, que le respondía con una sonrisa y sin perder la paciencia.

Miren me había visto. Estaba claro que me había visto, había levantado la vista del catálogo y me había visto. Pero no había cambiado su actitud, ni había hecho ningún gesto de reconocimiento. Seguía hablando con la clienta y comentando con ella cada página del catálogo, y a cada segundo que pasaba mi situación era más y más absurda, porque había ido allí para montarle un pollo descomunal a Miren, pero esa idea era incoherente con el hecho de esperar paciente y educadamente a que Miren terminase de atender a esa señora. Y al mismo tiempo no podía interrumpirla y soltarle mis tres o cuatro verdades porque la señora tenía derecho a estar allí y Miren estaba trabajando y, bueno, porque yo no soy así.

Cuando la señora por fin se fue (sin comprar el dichoso catálogo, encima) Miren se giró hacia mí. “¿Qué quieres?”, me dijo, así, cortante, seca. Ya no sonreía. “Ayer fuiste muy injusta conmigo, ¡muy desagradable!”, le respondí yo, no menos duro con ella, solo faltaba. “Santi, estoy trabajando”, contestó haciendo como que ordenaba unas gomas con la cara de Puppy.

-Me dijiste que me he vendido, ¡yo!, que me he vendido, ¡yo!… ¡pero yo me dedico a la literatura!, ¡me dedico a la literatura! ¡Soy investigador de literatura! ¿Eso no es dedicarse a la literatura?

-Por favor… Tú te dedicas tanto a la literatura como yo al arte aquí, vendiendo libros…

-¡Y además sigo escribiendo!

-¿Ah, sí? ¿Y qué escribes?

-Pues tengo ya dos novelas escritas. Bueno, una y media. Sin publicar. Y dos libros de cuentos… ¡Y además tengo un blog!

-¿Tienes un blog? -Miren, fingiendo admiración.- ¡Haaaaaalaaaaa! ¡Pues mira tú que no le dejan a cualquiera tener un blog!

Decidí cambiar de táctica, visto que aquello no me estaba yendo nada bien.

-¡Además, no es como si tú pudieras decirme nada! ¡No soy yo el que decía que este sistema no valía para nada y que había que quemarlo todo y empezar de cero y no sé qué más!

-Bah, -ella, con gesto de “no vale la pena seguir discutiendo”.

-¿Bah? ¿Bah, qué?

Y ella: “Que todo esto son… bah, tonterías, excusas. Ya sé que yo me he vendido, pero por lo menos lo asumo. ¿Y tú? ¿Eh? ¿Lo asumes? ¿Asumes que te has traicionado a ti mismo, o todavía sigues engañándote?”

Cuando uno no puede ganar, es sabio retirarse (como dijo Confucio, o alguien muy cobarde). En ese momento entraban dos turistas alemanes o nórdicos o sonrosados en la librería, que obligaron a Miren a volver a ponerse su máscara  “Adiós, Miren”, le dije, “ahora sí que me voy a Lisboa, ¡a seguir dedicando mi vida a la literatura!”. “Pues qué bien… ¡Hala, agur!”

A diferencia del día anterior, esta vez me fui con la sensación de haber dicho lo que tenía que decir. ¡Qué sabía ella! ¡La revolucionaria, vendiendo merchandising americano! ¡Ja! Esta sensación de triunfo me duró poco. En el avión no conseguí leer nada. Cuando aterrizamos en Lisboa, ya volvía a sentirme otra vez como una mierda. Como una mierda.

 

En el próximo capítulo: Se intercambian algunos emails y se dicen algunas cosas que hacía falta decir.

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2 pensamientos en “Todo tiempo pesado (2): Confrontación

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