La puerta

Hay (siempre lo he creído así) otra realidad que es muy cercana a la nuestra, pero que no es la nuestra. Es más oscura, pero también más nítida que la nuestra; más real, en cierto sentido, también. Todos sabemos que esa realidad existe; todos fingimos que esa realidad no existe. A veces, esa otra realidad estalla en la nuestra en forma de explosión o escándalo, porque lo que se reprime a menudo vuelve en forma de violencia.

El otro día estaba en la librería de unos amigos. Esta librería tiene una planta en forma de U, poco habitual para una librería: se entra por la puerta, se gira a la derecha, se vuelve a girar a la derecha…

Yo estaba abstraído viendo libros, intentando no comprar libros. Pasaba de una balda a otra, de una estantería a otra, y cuando volvía atrás parecía que los libros habían cambiado, porque todos me parecían diferentes y todos me apetecía comprármelos.

Este paseo por dentro de la librería me dejó confuso y mareado, pero contento (ver libros es para los intelectuales lo más parecido a fumarse un porro, excepto fumarse un porro). Había tomado una cerveza antes, la luz del fluorescente parpadeaba a la frecuencia correcta, no había moscas en el aire. Todo conspiraba, no hay otra forma de verlo, para que estuviera especialmente receptivo a la otra realidad.

Y entonces, claro, la vi, porque estar receptivo es condición necesaria, y a veces suficiente, para que la otra realidad se manifieste. Al fondo, al final de la librería, donde terminaba la segunda pata de la U, detrás de la última estantería marcada “Biografías” había una puerta. Otra puerta. La puerta.

Me acerqué y, sin que se me notara mucho, empecé a husmear a través de los libros. Solo que sí se me debió notar mucho, porque uno de mis amigos se me acercó por la espalda y me preguntó: “¿Qué estás haciendo?”. Le miré y me costó reconocerle; cuando se ha visto la otra realidad es difícil dejar de verla y aceptar que las cosas son lo que son y que su superficie coincide con la que ven nuestros ojos. “Nada”, le contesté, “es solo. La puerta. Esa puerta. ¿Adónde da?” “Pues adónde quieres que dé, a la calle. Pero la hemos condenado para poder usarla como pared. ¿No te compras nada, entonces?”

No quería comprar nada. Quería abrir esa puerta. La puerta. Esa puerta. Porque sospechaba, no, sabía que al otro lado de esa puerta la otra realidad se manifestaría en todo su esplendor. Claro que esa puerta daba a la calle, pero esa calle, aun siendo la misma calle, no era la misma. Era otra. Era la otra. (Como una lámina transparente que se sobrepone al mapa en blanco, en la que están marcados los nombres de los ríos).

Mi amigo, el de la librería, me dio una palmada en el hombro y se fue a atender a un hombre que quería una guía de México.

No sé entonces qué me dio. O sí. (Lo reprimido vuelve a menudo en forma de violencia). Cuando toda la gente desapareció de mi vista, en el otro extremo civilizado de la U, cogí la estantería con las dos manos por uno de los extremos y empecé a forcejear con ella. Los enganches, que no eran muy fuertes, saltaron por los aires. La estantería se inclinó peligrosamente; los libros empezaron a caerse unos encima de los otros. Cogí el pomo de la puerta, que ya estaba a mi alcance, y tiré.

Oí gritos a mi espalda. La estantería terminó de ceder y cayó al suelo con un ruido de hundimiento metálico. Pero yo no podía detenerme, estaba ya muy cerca y a través de la rendija abierta de la puerta se veía una luz que no tenía nada que ver con nada que hubiera visto antes (con los ojos).

De otro tirón conseguí romper el cierre superior de la puerta, que se abrió delante de mí, para mí, con un ruido que solo puedo comparar con un suspiro. Pero no pude pasar al otro lado: varios brazos me cogieron, un puño me golpeó en la sien, o en la nuca, o cerca, me caí al suelo y la puerta se cerró, otra vez, pillándome por el camino dos dedos que en los siguientes días se pusieron morados.

A estas alturas ya imaginaréis que no voy a contar lo que vi al otro lado de la puerta, porque no puedo (al menos, no con palabras). Lo que sí diré es que desde aquel día mis amigos, los de la librería, ya no son mis amigos; y que tengo prohibida la entrada en su tienda. Por cualquiera de las dos puertas.

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